República cultural (y municipalista)

Pues aquí estamos. Ha llegado el momento de recoger todas las tempestades que esos vientos intransigentes, hijos de otras épocas, han sembrado durante casi una década. Nos encontramos en ese punto tan temido a lo largo de la historia, y tan repetido: el punto de la brocha gorda, del blanco o negro, de conmigo o contra mí. Las primeras víctimas llegados a este punto siempre son los grises, los matices, las posiciones y argumentaciones que buscan el consenso, que no es otra cosa que negociar para ceder todos y satisfacernos (nunca del todo como es obvio) de manera que podamos seguir conviviendo. Eso es cultura democrática.

A los que no les gusta demasiado este tipo de cultura (sí, la democracia y la política también son cultura) se han inventado un nuevo epíteto para aquellos que buscamos el entendimiento. Equidistantes, nos llaman. Pero para ser equidistante tienes que estar exactamente a la misma distancia de dos puntos enfrentados entre sí. Y aquí no hay solo dos posiciones (sería aceptar el blanco o negro) si no muchas, matizadas por emociones, reflexiones, trayectorias personales, anhelos…

Lo sueltan, ese ‘equidistante’, tanto el independentismo catalán como los nacionalistas españoles. De hecho, lo escupen. Y al hacerlo, escupen sobre una cultura democrática que intenta elevarse un poco por encima del paleolítico (no mucho más, no crean, hemos avanzado poquito). Los nacionalismos, las identidades impuestas, arrasan con todo lo que no comulgue con sus posturas maximalistas. Un maximalismo inherente a ese ¿sentimiento? ¿excusa para tapar trapos sucios? ¿pretexto para convertir la identidad en algo dado por el azar y no por la libre elección individual?

Un maximalismo que, a pesar de ser defendido en algunos casos por personas inteligentes a las que estimo y respeto, necesita de la masa, del ‘pueblo’. Ha eliminado de su vocabulario la palabra ‘ciudadano’. El individuo pensante -críticamente pensante- no le sirve. Solo este detalle debería dar qué pensar, hacer sospechar que algo no va bien.

El meollo de la cuestión es la identidad, claro. Con ese concepto, más de estómago que de neurona, se dan todas las vueltas dialécticas que haga falta para acabar defendiendo cuestiones como ‘soberanía popular’, ‘nación’, ‘estado’… cada uno desde su punto de vista. Solo hace falta un requisito: que la identidad se construya de manera colectiva a partir del terruño donde has nacido (que, gracias a la diversidad cultural de nuestra especie a lo largo de los milenios, va unida a una lengua y a una historia, obviamente). Resalto el ‘donde has nacido’, porque el nacionalismo (tanto español como catalán como cualquier otro) ha dado muestras sobradas de que no, no es lo mismo ser de ‘ahí de toda la vida’ que vivir ahí desde hace 40 o 50 años. Jordi Pujol quiso disimular cuando acuñó esa fantástica frase de que ‘catalán es todo aquel que vive y trabaja en Catalunya’. Años más tarde, Marta Ferrusola, caretas fuera, dejó bien claro que ‘Montilla’ como apellido para un President de la Generalitat le generaba una urticaria insufrible. A este personaje es a quien, bajo el balcón del Majestic, la ‘masa’ (de nuevo ‘el pueblo’) coreaba ‘esto es una mujer’, tras una de las victorias electorales de la omnipresente – y ahora descompuesta -CiU. 

Pero, ¿y si mi identidad no la siento colectiva o al menos no del colectivo al que se supone debo inscribirme? ¿Y si la construyo más a través de los libros que me han acompañado, de los librepensadores que me han instruido y de los paisajes – urbanos o no – que me han acogido a lo largo de mi trayectoria vital? ¿Puedo sentirme ciudadana de una república mundial basada en la cultura y en el pensamiento crítico? Naturalmente que puedo. De hecho, debo. Es la única manera real, no teórica, en la que la suerte de una ciudadana de Jaén, Dakar, Estocolmo o Lima me importe lo mismo – o sea, mucho – que la de una persona de, en mi caso, Barcelona y Madrid. Los nacionalistas dirán que ellos, especialmente los nacionalistas de izquierdas (alguien tendrá que explicarme algún día cómo es posible ser nacionalista y de izquierdas), se solidarizan totalmente con cualquier persona del mundo. Pero luchar para conseguir una república de izquierdas en plan Arcadia SOLO para tu terruño no es exactamente solidarizarse con el resto de la humanidad.

¿Hay un sitio, un lugar en el mundo para poder ejercer esta ciudadanía republicana cuando el planeta está organizado a través de los Estados-nación? [Por cierto, sin importar que la idea del estado nación haya entrado clarísimamente en crisis: no es capaz de aportar soluciones a los terribles a veces, magníficos otras, retos a los que nos enfrentamos en este loco siglo XXI. En lo micro, no resuelve envejecimiento de la sociedad, contaminación galopante, etc. Y en lo macro, la respuesta de los Estados a la crisis de los refugiados ha sido, y es, para tirarse por la ventana si nos queda un mínimo de humanidad]

¿Entonces? Entonces, las ciudades. Seguramente no entendidas como las ‘polis’ griegas ni las ciudades-estado renacentistas, ni siquiera como las grandes conurbaciones que ya proliferan en nuestro planeta, ni no tal vez contempladas como grandes regiones metropolitanas, ejerciendo un liderazgo democrático, dando protagonismo al empoderamiento directo de la ciudadanía que los estado-nación ni pueden ni quieren otorgar (demasiada élite perdiendo su puesto de privilegio en el chiringuito del estado-nación). Las ciudades son estas repúblicas culturales. O, al menos, son la promesa de llegar a serlo.

¿Hay una imagen más contrapuesta al maximalismo de los dos nacionalismos que hoy se enfrentan que el abrazo de dos mujeres, alcaldesas de las capitales de estos dos territorios hoy enemistados? Madrid y Barcelona. Barcelona y Madrid. Ambas (tanto las ciudades como las alcaldesas) buscando el diálogo y una solución pactada. Ambas de distintas tradiciones culturales y generacionales. Pero ambas, ciudadanas de esa república cultural que piensa libre porque no se siente esclava de banderas ni patrias. A Colau y a Carmena las llaman ‘equidistantes’, claro. Yo las llamo ciudadanas distinguidas de la única república de la que quiero formar parte: mundial, cultural, libre, feminista, municipalista y progresista.

PD: Si no lo han leído todavía, les invito a reflexionar sobre el concepto de ‘anabaptismo identitario’ que Bernat Castany imagina en su artículo ‘La identidad explicada a mis hijos: en defensa de un anabaptismo identitario laico’, en Pliego Suelto.

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