Reincidencias

Recuerdo gritarle a la montaña de niña para ver si había eco. Era lo mejor de una excursión al monte, solo que lo llamábamos campo, aunque hubiera montañas. Era siempre el campo o la playa. El campo me gusta más que el monte, y el bosque me gusta mucho más. Siempre he preferido ese sitio donde todo es alto y yo pequeña, esa negrura húmeda y frondosa donde sentirte dentro, a verlo todo desde arriba sobre un pico pelado. En cuanto a la playa, prefiero el mar. Lo del eco nos gustaba a todos. Llevo muchos años sin oírlo. Quizá porque no he ido mucho a la montaña, o porque he ido a la montaña equivocada. ¿Por qué nos gustaba tanto la repetición de nuestra voz? Era como si te contestaran, solo que no era eso en absoluto.

Eco se apartó de los hombres por verse condenada a repetir únicamente sus últimas palabras.

Hay una teoría literaria que afirma que siempre hay un perro ladrando a lo lejos en alguna parte. Todos los ladridos son un eco de otros.

Narciso fue dos cuando se reflejó en el río.

Bach nos dejó sus variaciones —que, sin menoscabo de Gould, prefiero en manos de Hewitt; Hofstadter ofreció múltiples traducciones de Le ton beau de Marot y nos recordó en otro libro lo que somos, un extraño bucle; Raymond Queneau escribió noventa y nueve relatos que son uno, y luego Matt Madden hizo lo mismo en versión gráfica.[1] Y, en fin, la poesía es repetición; la canción, estribillo; los saludos, los pésames: fórmulas de cortesía; las bodas y los bautizos y los entierros son siempre la misma boda, el mismo bautizo, el mismo entierro; las recetas de cocina, ¿acaso no son variación, repetición? Las adaptaciones.

Capote habla de una pradera cuya hierba, cuando el viento de otoño la recorre, emite un leve suspiro que parece música humana. Es un arpa de voces. Es el arpa de hierba, que lo sabe todo de los de la colina y cuenta sus historias. Es, por tanto, un eco de sus vidas.

Thoreau ya había escrito antes algo similar al recordar los sonidos de su retiro rural. A suficiente distancia en los bosques, este sonido adquiere cierto zumbido vibratorio, como si las agujas de pino en el horizonte fueran las cuerdas rozadas de un arpa. Todo sonido oído a la mayor distancia posible produce uno y el mismo efecto: una vibración de la lira universal, así como la atmósfera intermedia forma una lejana ondulación de tierra que interesa a la mirada por su tinte azul.[2]

El azul es como el sonido de la lira universal, y todo color visto a la mayor distancia posible produce uno y el mismo efecto: una vibración del azul.

Solnit recogió ese azul de la distancia en A Field Guide to Getting Lost. Dijo que el mundo es azul en sus bordes y su hondura, y que ese azul es la luz que se pierde —como la poesía en la traducción de Frost—, se dispersa entre las moléculas de aire, en el agua —pues la luz en el extremo azul del espectro no recorre la distancia entera desde el sol hasta nosotros—. Y el agua profunda está llena de esa luz dispersa, que se repite en el cielo y en el horizonte.

Llevo años recogiendo «huellas»: temas que se repiten de libro en libro, ese rastro que dejan unos en otros. Y, aunque suene trillado, creo que siempre hablamos de lo mismo, y que la única posibilidad de la poesía está en la forma: poesía es decir lo que ya se ha dicho como no se ha dicho.

Cuando alguien observa que no le gusta un género —que por lo general es la ciencia ficción, la fantasía o lo maravilloso, los tres tan a menudo confundidos—, suele decir: «Es que no me interesan esos temas». ¿Qué temas? Si todos los géneros hablan de lo mismo: nosotros. Somos nuestro tema predilecto —tal vez por eso nos guste nuestro eco—. Por lo demás, como siempre digo —pues también me repito—, no hay género malo, solo libros malos. Pero volvamos a la repetición.

Lo que digo es que somos repetición. No hay nada más. Cuando resumimos a alguien —«es irascible», «es vago», «es alegre»—, lo que hemos hecho es un cómputo de sus acciones, del que hemos extraído las más frecuentes. Esas repeticiones son «esa persona» —del mismo modo que lo que hacen muchos se traduce en lo «normal»—. Y una vez colgado el sambenito, no hay modo de salirse del eco.

«Eres lo que comes», dicen. Pero solo si lo comes a diario. Prueba a ingerir un solo día la cantidad de cianuro suficiente y te aseguro que no serás cianuro porque no serás nada. Eso sí, te recordarán como un suicida, lo cual destruye por completo mi teoría, pues el que se mata a la primera, aunque lo haga —naturalmente— una sola vez, ya es un suicida. Pero: ¿y si solo fuera un equivocado? Sería más lógico llamar suicida a alguien que ha intentado —obviamente sin éxito— matarse en repetidas ocasiones, como Harold en Harold y Maude, o como el protagonista de Contraté a un asesino a sueldo —que por cierto (SPOILER ALERT!) no diré cómo acaban—.

Tal vez cuando se trata de algo gordo, como la muerte, baste una vez para convertirte en asesino. O quizá el muchacho que roba una manzana se convierte al final en ladrón porque todos lo llamamos así, en cuyo caso el eco volvería a tomar las riendas.

Pero entonces, ¿qué es lo que conforma la excepción y qué la norma?

Un tipo lleva una vida decente. Paga sus facturas. Quiere a su parentela. No hace daño al prójimo. No bebe en exceso y, si lo hace, no molesta, no se pone violento. Cede su sitio en el autobús a los ancianos. No cruza en rojo si hay niños presentes. No habla en el vagón de silencio. No tira cosas al suelo. No hace spoilers. No moja su pan en el huevo de otro. Todo esto dura setenta años. Sabe usar el punto y coma. A los setenta y uno —y aunque nadie en su escalera se lo explica—, llama a la puerta de enfrente y, cuando le abren, se mata delante del vecino.

La excepción es la transgresión que cercena lo que somos por acumulación, el hacha que rompe el mar de hielo, un día de lluvia en el desierto. Si en un desierto llueve un día entero, seguirá siendo un desierto, pero siempre será el desierto donde una vez llovió un día entero.

Tampoco yo sé adónde lleva esto. Solo sé que en la repetición nos hacemos y deshacemos a un tiempo; que nos fundimos en ella como los peces que no saben qué es el agua, pero que la vemos, como un relámpago, cuando llega el hacha. Para algunos es tedio —«No hagamos lo de siempre», «¡Cualquier cambio es bueno!», o cualquier repetición maquinal—, hasta que el cambio es una enfermedad, la muerte, la ruina, el desahucio, la guerra, una dictadura. O el vecino, que quiere que lo veas morir. Y entonces reconocen la repetición como algo bueno, como estar en casa, dormir en tu cama. Porque la repetición también son las palabras que me quedan de mi madre, un amigo de hace muchos años, son las cosas simples, y al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas.

Las estaciones se repiten, la noche y el día, las horas, los minutos, el ciclo de la lavadora, el ajo, la historia, los eslóganes, las mentiras, las colas, la burocracia, los tópicos, fregar los platos, las lluvias de estrellas, cortarse las uñas, el amor, el hastío. Porque la repetición es todo. Lo dice Ismael:

Pero debo contentarme con otra ilustración conclusiva, muy notable y, significativa, por la que no dejaréis de ver que el acontecimiento más maravilloso de este libro no solo queda corroborado por hechos evidentes en los días actuales, sino que esas maravillas (como todas las maravillas) son meras repeticiones a través de las épocas; de modo que por millonésima vez decimos Amén a Salomón: verdaderamente no hay nada nuevo bajo el sol.[3]

Slavoj Žižek habla de la función de la repetición ejemplificada en un viejo chiste de la época socialista, en el que un político yugoslavo visita a Alemania. Cuando el tren pasa por una ciudad, le pregunta a su guía: «¿Qué ciudad es esta?». El guía contesta: «Baden-Baden». El político le responde de mala manera: «¡No soy idiota, no hace falta que me lo diga dos veces!».[4]

El protagonista de El callejón tenebroso también vive su extraño bucle:

Eternamente, robo los mismos objetos, en la misma casa, bajo las mismas circunstancias. Me pregunto si no será esta la primera venganza de un desconocido sin misterio. ¿No estaré cumpliendo una ronda de condenado? ¿Será mi condenación la sempiterna repetición del pecado, durante la eternidad del tiempo?[5]

El conde de Montecristo conoce en su celda la repetición de la privación, del dolor, la soledad, y luego la repetición de la buena amistad del abate Faria, del cavar con tesón un túnel para llegar al otro. En cuanto a la carta que lo enriqueció, Dantès repetía de cabo a rabo en su memoria esa carta, de la que no había olvidado ni una sola palabra.[6]

Los castigos más crueles incluyen repeticiones: golpes insistentes donde más duele; la tortura de la gota; la reiterada ausencia de luz —o de oscuridad—, de compañía, de alimento, de humanidad; ascender por una cuesta empujando una roca que se cae invariablemente cuando llega a la cima y hay que volver a empujar; rellenar sin fin un tonel sin fondo en el Hades; que un águila se coma tu hígado de día y que este vuelva a crecer de noche para que pueda comérselo de nuevo al día siguiente; que te devore el hambre mientras, rodeado de frutos a tu alcance, estos se alejan de ti cuando intentas cogerlos.

La cosa continuará, por repetirse, pues volverá como un bumerán. Pero qué voy a decir yo que no haya cantado mejor Shirley Bassey.

***

[La imagen que ilustra este artículo es un fragmento de Eco y Narciso, de John Williams Waterhouse. Es de dominio público y puede verse entera en Wikipedia.]

[1] Es desopilante lo que se dice, por cierto, en el artículo enlazado: «Madden nos confiesa que la idea no es del todo original: «La tomé del libro Ejercicios de estilo (1947) de Raymond Queneau». ¡No es «del todo» original, dice! Di Queneau, di Queneau.

[2] Walden, Henry David Thoreau. Traducción de Javier Alcoriza y Antonio Lastra, ed. Cátedra, 2009.

[3] Moby Dick, Herman Melville, traducción de José María Valverde, ed. Bibliotex, col. Millenium, 1999.

[4] Mis chistes, mi filosofía, Slavoj Žižek. Traducción de Damián Alou, ed. Anagrama, 2015.

[5] «El callejón tenebroso», en Narraciones terroríficas, Jean Ray. Traducción de Alfredo Herrera y José María Aroca, ed. Acervo, 1961.

[6] El conde de Montecristo, Alejandro Dumas padre. Traducción de Pilar Ruiz Ortega, ed. Akal, 2016.

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