Yerro, luego existo

Yo quiero hacer con el error lo que el kintsugi hace con la cerámica: aflorarlo.

El error es inevitable. Vivo de traducir y corregir, de modo que mi oficio me obliga a exterminarlo. Pero una parte muy entera de mí lo abraza muy enteramente. Una vez un neurólogo me dijo que era una zurda contrariada. Puede que también sea una correctora contrariada, una suerte de doctor Jekyll y señor Hyde: por un lado me debo a mi trabajo y, en consecuencia, a los mecanismos que velan por su buen hacer —diccionarios, gramáticas, manuales de estilo, los librillos de cada maestrillo y similares—; por otro, anhelo trasladarme a aquel tiempo en que ni se separaban las palabras y la ortografía era solo grafía; cuando la puntuación era como esa sopa primigenia de gases antes de formarse nada de lo que conocemos y el texto se revelaba ante el lector como un oráculo, dando rienda suelta a la ambigüedad y los malentendidos. Así que de noche quitaría las comas que pongo por la mañana —aunque eso es algo propio del sector; cuentan que Wilde pasó casi un día entero así, por no hablar de los años que pasaron Ross y Thurber.

En Introducción a la cultura japonesa, Nakagawa Hisayasu alude a las memorias de Japón del jesuita portugués Luís Fróis, quien apuntó: «En Europa, en la palabra, se exige claridad y se evita el equívoco. En Japón, la palabra más apreciada es la que contiene el equívoco. Es la más estimada».[1]

Hace poco me descubrieron que los cartógrafos incluyen errores en sus mapas para evitar que los plagien. De hecho, es habitual el uso de «entradas ficticias» en obras de referencia, como diccionarios, mapas o enciclopedias.

(En lo referente a entradas, también fingimos tener más pelo, menos canas, menos vello. Nos corregimos a conciencia y a diario.)

El ADN comete errores al replicarse; la evolución vive de esos errores: el error genera mutaciones y las mutaciones, la variación que conduce a la evolución. Tal vez también lo haga para que no le copiemos, aunque es demasiado tarde: erramos más que él, pues apenas toleramos la variación, salvo con mucho tiempo y esfuerzo —o si somos Bach—.

Kathryn Schulz cuenta en Being Wrong[2] que el Talmud consigna una costumbre judía: si se condena por unanimidad a un acusado, este debe quedar libre para evitar que se caiga en el «pensamiento grupal», que en mi opinión es a la sociedad lo que la ausencia de error sería a la autorréplica del ADN: falta de variación. La homogeneidad es dañina para las especies y las sociedades —por no hablar de la cocina (salvo cuando se forman grumos)— o el pensamiento, o del mundo tal como lo conocemos: la entropía tiende a un equilibrio homogéneo final que nos devolverá a la sopa informe primigenia, que nosotros llamamos caos o desorden, pero que en el fondo es una distribución más equilibrada, y por tanto anodina, de la materia—.

También me han contado que los persas tienen por tradición incluir alguna tara en sus alfombras y tapices, pues de lo contrario, dada la sublime maestría de sus artesanos, sus productos serían perfectos y faltarían a Alá, que es el único capaz de perfección. (Sin embargo, hay quien cree que es una excusa alambicada con la que el artesano disculpa sus desperfectos.) Al recabar información sobre esa supuesta costumbre —llamada, al parecer, «tara persa»— me encontré con hilos que la unían a hábitos similares en otras culturas —si bien no he comprobado su veracidad—: que un relato de la antigua China habla de una historiada verja tan perfecta que hubo que incluirle una tara; que los nativos americanos hacían collares de cuentas con una siempre distinta de las otras: por ella entraba el Gran Espíritu a la obra de arte; que el arte gótico y románico favorecían la asimetría por no faltar a Dios.

Aunque no debe confundirse la asimetría con el error, es cierto que, al igual que este, alimenta la heterogeneidad.

El wabi-sabi también prefiere lo asimétrico, lo ajado, lo antiguo y decadente, lo heterogéneo, el paso del tiempo y, como prueba el kintsugi, no niega el error, lo ensalza. El error es como una cicatriz o una arruga, una mancha en la piel. De hecho, cada error es una prenda que nos traemos del pasado, como el viajero del tiempo que aparece en el futuro con una flor en la mano; la flor es la prueba de que estuvo allí. Una fractura en un cuenco de cerámica reparada con barniz de resina y polvo de oro destaca como un diente dorado en una boca vieja o una pata de palo en una pierna cercenada.

El peligro de ocultar el error es olvidar que se cometió. En 1984 la historia se reescribe sin tregua para adaptarla al presente, pues el pasado se considera un error si no cuadra con él. Es un trabajo constante, y tal vez la única forma de crear una máquina de movimiento perpetuo: la del engranaje estatal. Pero si el pasado cambia de continuo, entonces somos y no somos, como el gato de Schrödinger; nos emborronamos como el protagonista en Desmontando a Harry, de Woody Allen.

Tampoco el suicidio está exento de errores. Cuando Yukio Mishima —Mishima Yukio, como rige el japonés— se practicó el seppuku, se hundió primero, como mandan los cánones, una espada corta en el abdomen, y con ella se rajó el estómago de parte a parte. Su amante, Masakatsu Morita, debía rematar la faena decapitándolo con la espada larga, pero al parecer estuvo torpe y solo logró golpearlo repetidas veces en los hombros, aumentando el dolor de Mishima, a quien al final decapitó otro hombre.

El verdugo de María Estuardo tampoco la decapitó limpiamente. Precisó de tres golpes. Cuentan que al acabar agarró la cabeza y, alzándola, dijo: «God Save the Queen». Pero María llevaba peluca y el verdugo se quedó con ella en la mano mientras la cabeza cayó rodando por el suelo —«para horror de los presentes», dicen, si bien eran asistentes voluntarios—.

Ha habido muchas ejecuciones escabechadas.

En Contraté a un asesino a sueldo, de Kaurismaki, un hombre yerra en varios intentos de suicidio, así que finalmente contrata a un matón para que lo liquide; es decir, que sus errores lo conducen a una muerte que promete ser certera. Pero entonces se enamora y le parece que morir sería el verdadero error. Se pasa la película rehuyendo a su sicario, como quien huye de sus equívocos.

También se sabe que la Virgen María es un error de traducción, pues almah en hebreo sería una «muchacha», no necesariamente virgen.

Los «errores» de Margaret Cameron elevaron su fotografía a arte.

Colón se equivocó pero encontró otra cosa —su error fue doble, pues América ya estaba «descubierta» o, dicho de otro modo, sus habitantes originales siempre supieron dónde estaba—. Y gran parte de lo que llamamos serendipia, o hallazgos fortuitos, fueron en realidad fruto de descuidos, como dejar demasiado rato un cazo con leche en el fuego —dulce de leche— u obtener un pegamento endeble cuando se buscaba uno potente —Post-it—. Casi podría decirse que son una especie de quid pro quo: el invento a cambio de sudor, parafraseando a Edison.

La frase latina quid pro quo, por cierto, es un error doblemente irónico. Al principio describía un error gramatical: el de confundir un pronombre en caso nominativo —quid— por su forma en ablativo —quo—. El «has dicho Diego por digo» de toda la vida, por entendernos. Luego pasó a definir un error conceptual, en el sentido de tomar una cosa o una persona por otra («Tomé a Manolito por Gustavo»), lo que vendría a ser confundir la velocidad con el tocino o las churras con las merinas. Pero posteriormente acabó traduciéndose en inglés como this for that y terminó por significar ya no confundir una breva con un higo, sino dar una breva a cambio de un higo, esto es: favor por favor. Y de ahí pasó a un uso erróneo en otras lenguas. Es decir, que quid pro quo ha devenido en un quid pro quo y se ha tomado por lo que no es, literalmente, pues hemos confundido esa frase por la que sería correcta para expresar dicho intercambio de favores, que es do ut des (más o menos: «yo te doy para que tú me des»). Es delicioso.

Los científicos erraron al tratar de desentrañar el color medio del universo, que confundieron primero con un azul turquesa cuando en realidad, al parecer, es un color café con leche muy largo de café, que yo describiría mejor como un color papilla, que es más o menos la forma que adoptará el universo cuando la entropía acabe con él.

(Continuará, con equívocos.)

***

[La imagen que ilustra este artículo es un mapa que muestra California como si fuera una isla. Es de Joan Vinckeboons (hacia 1650). Fuente: The Public Domain Review.]

[1] Introducción a la cultura japonesa, Hisayasu Nakagawa, traducción de Ona Rius Piqué, ed. Melusina, 2006.

[2] Being Wrong, Kathryn Schulz, editada en España por Siruela con el título de En defensa del error. Un ensayo sobre el arte de equivocarse, traducción de María Condor, Madrid, 2015.

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