Perros

              Esa necesaria presencia que para el perro es el hombre y para el hombre, el perro, no los traicionaba nunca, ni a uno ni a otro; y aunque distintos de todos los hombres y perros del mundo, podían considerarse, como hombre y perro, felices.[1]

Eso dice El barón rampante.

Woolf no solo habló de perros; le dedicó un libro a uno:

                  Los hombres y mujeres célebres tienen secretarios, amantes, lacayos y perros. Las dos primeras categorías saben escribir y publican libros de Memorias. Los lacayos no suelen hacerlo, pero tienen una excelente memoria y cuentan a los demás las debilidades del amo. La parte noble nunca la vieron, pues nada impide tanto llegar al íntimo ser de otro como limpiarle los zapatos.
                  ¿Y los perros? No escriben. Pero se fijan en todo. Se parecen a esos escritores que se pasan la vida tomando notas para una novela que jamás escribirán. A Flush no se le escapaba nada, y tuvo la gran suerte de hallar quien aprovechara sus observaciones. [2]

Diógenes de Sinope no tuvo tanta suerte. De haber aprovechado sus observaciones, ¿cómo íbamos a llamar por su nombre a la acumulación obsesiva de objetos y desperdicios?

A Diógenes lo llamaron perro y él se lo tomó a bien. Es más, se enorgulleció de la comparación, de ahí los cínicos, llamados así por recordar su conducta a la de los canes: en su frugalidad, en su impúdica frescura al desenvolverse en público y en su virtud de buenos guardianes de los preceptos de su filosofía. Además, los perros sabían distinguir a los amigos de los enemigos. Cuando Alejandro Magno le preguntó por qué lo llamaban perro, Diógenes contestó: «Porque adulo a los que me dan algo, ladro a los que se niegan a dármelo y en los granujas hinco los dientes».

Agatha Christie quiso distinguir a sus amigos de sus enemigos. Por eso fundó dos «órdenes de la amistad» con su leal secretaria Carlo: la Orden de las Ratas y la Orden de los Perros Fieles. Como las ratas tienen peor fama que los perros, en esa orden ingresaban los amigos menos buenos, los peores y los que resultó que nunca lo fueron. En la de los perros colocaron a los amigos de verdad, a los fieles, a esos que, cuando tienes un problema, te ayudan a resolverlo, y, si no tiene solución, te hacen compañía.[3]

En alguna parte ladró un perro atraviesa Matadero 5, de Kurt Vonnegut. La frase evoca un ladrido asociado a las partidas de sabuesos que usaban los soldados nazis para rastrear a los presos fugados de los campos, un perro que ladra en alguna parte como una amenaza oscura e ignota, ilocalizable pero inexorable. Luego igual resulta que el animal es un dulce pastor alemán que se llama Princesa, pero eso no lo sabes hasta que lo ves. En alguna parte del mismo libro también ladra un perro cuando los tralfmadorianos secuestran a Billy para aparearlo en un zoo con la estrella de cine Montana Wildhack.

Y es que siempre hay un perro ladrando en alguna parte.

En Un suceso en el puente sobre el río Owl, un ahorcado huye del cadalso y de noche, agotado y en busca de su casa, cree dar por fin con el camino. Era una carretera tan ancha y recta como una calle de ciudad, pero parecía intransitada. No lindaba con campos ni había casas en ninguna parte. Ni siquiera el ladrido de un perro sugería la presencia de humanos.[4]

Ni siquiera el ladrido de un perro sugería la presencia de humanos. El pegamento que nos une a los perros es tan fuerte que su ausencia delata la nuestra.

En La cosecha, de Flannery O’Connor, la señorita Willerton se dispone a escribir un relato:

                  «El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a Lot.» La señorita Willerton había escrito la frase antes de que le diera tiempo a advertir su error: dos «Lot» en un mismo párrafo. Resultaba desagradable al oído. La máquina de escribir retrocedió chirriando y la señorita Willerton escribió tres X sobre «Lot». Entre líneas anotó a lápiz: «Su amo». Ahora ya estaba lista para continuar. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo.» «Y también tengo dos “perros” —pensó la señorita Willerton—. Ummm.» Pero decidió que eso no molestaría tanto al oído como los dos «Lot».[5]

Pero también el perro tiene sus sinsabores. Cuentan que Alejandro Magno hacía arrodillarse a todos en su presencia y había que hablarle como a un dios. A los griegos, amantes de la libertad, aquello les parecía una actitud perruna. Como el gato que mira a un rey, no querían postrarse ante nadie. (Fue Diógenes quien, cuando Alejandro le ofreció lo que quisiera, le pidió que se apartara porque le quitaba el sol.)

En su Diccionario del Diablo, Bierce define las «Insignias» como los Distintivos, joyas y trajes de órdenes antiguas y venerables como […] las Damas y Caballeros del Perro Amarillo.

En inglés un yellow dog contract es un contrato que prohíbe al empleado afiliarse a un sindicato.

Hay perros que, creyendo hacer un bien, buscan la ruina de sus amos.

En Lejos del mundanal ruido, el hijo de George, el viejo perro de Gabriel Oak, da cuenta del cordero muerto y luego conduce a las ovejas preñadas al abismo, por donde se despeñan. Cree estar prestando un gran servicio a Oak, en quien se cierne ahora la pobreza:

              El hijo de George había cumplido con su trabajo tan a conciencia que se le consideró excesivamente bueno para seguir con vida, y lo cierto es que fue trágicamente apresado y abatido de un disparo a las doce de ese mismo día: un ejemplo más del adverso destino que con frecuencia aguarda a los perros y otros filósofos que siguen una cadena de pensamiento hasta su conclusión lógica e intentan conducirse con absoluta coherencia en un mundo hecho en tan amplia medida de compromisos.

A veces vemos nuestras apetencias de subyugación reflejadas en las del perro y no nos gusta:

En cierto momento, Gabriel se dio cuenta de que el perro aguardaba su comida de un modo tan parecido a como Oak aguardaba la presencia de la muchacha, que el hacendado, sorprendido por la similitud, lo encontraba degradante y evitaba mirar al animal.

Albert Camus habla de perros cuando habla de esclavitud en La caída:

              Una casa deliciosa, ¿no? Las dos cabezas que ve usted allí son de esclavos negros. Se trata de un anuncio. La casa pertenecía a un vendedor de esclavos. ¡Ah!, en aquellos tiempos nadie escondía su juego. Tenían estómago, decían: «Vaya, tengo riquezas, trafico con esclavos, vendo carne negra». ¿Se imagina usted hoy a alguien que hiciera conocer así públicamente que ese es su oficio? ¡Qué escándalo! Ya me parece oír a mis conciudadanos parisienses; es que ellos son irreductibles en este punto. No vacilarían en lanzar dos o tres manifiestos; y tal vez más. Y, pensándolo bien, yo agregaría mi firma a las de ellos. La esclavitud, ¡ah! Pero no; estamos contra ella. Que nos veamos obligados a instalarla en nuestra casa o en las fábricas, pase. Eso está en el orden de las cosas. ¡Pero, vanagloriarse de ello es el colmo!
              Ya sé que no podemos prescindir de dominar o de que nos sirvan. Cada ser humano tiene necesidad de esclavos como el aire puro. Mandar es respirar. ¿También usted es de la misma opinión? Y hasta los más desheredados consiguen respirar. El último en la escala social tiene todavía a su cónyuge o a su hijo; si es soltero, a un perro. En suma, que lo esencial es poder enojarse sin que el otro tenga derecho a responder.

Dennis Diderot recogió antes la idea en Jacques el Fatalista:

              Jacques le preguntó a su amo si no había notado que todos los pobres tenían un perro, sea cual fuere el grado de miseria en que se encontraran, e incluso careciendo de alimento para ellos mismos; si no había notado que solía tratarse de perros amaestrados, que hacían cabriolas, caminaban sobre dos patas, bailaban, saltaban, se hacían el muerto, traían lo que se les lanzaba…, y que esa educación los había convertido en las bestias más desdichadas de la creación. De donde concluyó que todos los hombres deseaban mandar sobre sus semejantes; y que, estando los animales por debajo de las últimas clases sociales, a las que todas las otras clases mandaban, los más infortunados se hacían con algún animal para poder así mandar sobre algo. «¡Pues bien! —dijo Jacques—, a cada cual su perro. El ministro es el perro del rey, el intendente es el perro del ministro, la mujer es el perro del marido (o el marido, el perro de la mujer), el perro de la mujer se llama Favorito, y el perro del hombre de la calle se llama Thibaud. Cuando mi amigo me obliga a hablar, queriendo yo callar, lo cual ciertamente ocurre rara vez, o me hace callar queriendo yo hablar, cosa también infrecuente; o cuando me pide que le cuente la historia de mis amoríos, prefiriendo yo hablar de otra cosa; o cuando, una vez comenzada la historia, me interrumpe: ¿acaso soy otra cosa que su perro? Los débiles son los perros de los fuertes».[6]

Colmillo Blanco supo qué eran la servidumbre y las palizas.

Y el perro también es un lobo para el perro, como cuenta Kipling en La extraña cabalgada de Morowbie Jukes:

              Aquella noche había luna llena y, en consecuencia, todos los perros que se encontraban en las cercanías de mi tienda se dedicaban a aullar. Las bestias se reunían en grupos de dos o tres, y me estaban volviendo loco. Unos días antes me había cargado de un tiro a uno de estos tenores estridentes y había colgado su cadáver, in terrorem, a unas ciento cincuenta yardas de la puerta de mi tienda. Pero sus colegas se abalanzaron sobre él, se disputaron los despojos y acabaron por devorarlo completamente. A continuación —al menos así me pareció a mí— entonaron sus himnos de acción de gracias con renovada energía.[7]

Hay una línea que separa la tarde de la noche a la que en latín se aludía como inter canem et lupus. En francés se conserva la expresión, entre chien et loup. A la luz de esa hora no es fácil distinguir al perro del lobo, como no es fácil discernir el día de la noche. A ello se suma la comparación entre el perro, en principio fresco e inofensivo como el día, y el lobo, que es la amenaza en la sombra, el misterio de la noche, cuando aumenta el peligro. No está lejos del español De noche todos los gatos son pardos, pero encierra una transformación más lírica e inquietante, como es sin duda la del paso del día a la noche.

Entre El perro y el lobo hay otra diferencia, la de la servidumbre y la libertad que narra Esopo en su fábula. El perro vive bien alimentado pero tiene obligaciones para con su amo. Y el lobo observa que además tiene el cuello pelado; es por el collar. El lobo prefiere la libertad a un estómago lleno.

Esto no acaba porque hay más días que salchichas, y perros como para atarlos con ellas, pero de momento lo dejo en que, en general, seguimos más o menos como los perros de Nick Corey en 1280 almas, de Jim Thompson.[8]

[Continuará un día de perros.]

***

La imagen que ilustra este artículo es un fragmento de una ilustración anatómica de Herman Dittrich. Es de dominio público y puede verse en la colección digital de la Universidad de Wisconsin.

[1] El barón rampante, Italo Calvino. Traducción de Francesc Miravitlles, ed. Bruguera, Barcelona, 1985.

[2] Flush, Virginia Woolf, traducción de Rafael Vázquez-Zamora, Destino, Barcelona, 1979.

[3] En esta nota rompo una lanza en favor de las ratas, cuando menos dos: Firmin, la rata lectora de Sam Savage, y la Rata de agua de El viento en los sauces. A ellas se suman ahora las ratas de Julio César Pérez, y muchas más que vendrán y otras que ya vinieron y ahora no recuerdo. ¡Larga vida a las ratas!

[4] Un suceso en el puente sobre el río Owl, Ambrose Bierce. La traducción es mía.

[5] La cosecha, Flannery O’Connor, traducción de Celia Filipetto, DeBols!llo, Barcelona, 2014.

[6] Jacques el Fatalista, Denis Diderot, traducción de Félix de Azúa, Alfaguara, Madrid, 2004.

[7] «La extraña cabalgada de Morowbie Jukes», Rudyard Kipling, en Felices pesadillas, traducción de Rafael Díaz Santander, Valdemar, Madrid, 1999.

[8] 1280 almas, Jim Thompson, traducción de Antonio Prometeo Moya, ed. Diagonal, Barcelona, 2003.

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