Caballos

El Mar de los Sargazos es un cementerio de barcos, y un mar interior donde no soplan los vientos ni hay corrientes. Por eso era difícil navegarlo. Dicen que los buques que lo cruzaban prescindían de sus caballos para aligerar peso y ahorrar agua. Los tiraban por la borda. Así que también es un cementerio de caballos.

El White Pass, puerto de montaña en la ruta de la fiebre del oro del Klondike, se dio en llamar «Dead Horse Trail» porque quedó sembrado de cadáveres de caballos agotados por la marcha. Se cree que murieron unos tres mil. Caían reventados. Muchos hombres comieron de ellos, y muchos se ahogaron en los White Horse Rapids del Yukon, los «rápidos del caballo blanco», cuya espuma en movimiento recordaba la crin agitada de un caballo al galope. Algunos lo llaman justicia poética.

Durante la expedición de Pánfilo de Narváez, donde naufragó Núñez Cabeza de Vaca, mientras los españoles buscaban el Apalache toparon con un río, el cual era muy hondo y muy ancho, y la corriente muy recia, y por no atrevernos a pasar con balsas, hecimos una canoa para ello […], y estuvimos en pasarlo un día; y si los indios nos quisieran ofender, bien nos pudieran estorbar el paso, y aun con ayudarnos ellos, tuvimos mucho trabajo. Uno de caballo, que se decía Juan Velázquez, natural de Cuéllar, por no esperar entró en el río, y la corriente, como era recia, lo derribó del caballo, y se asió a las riendas, y se ahogó a sí y al caballo; y aquellos indios de aquel señor, que se llamaba Dulchanchelin, hallaron el caballo, y nos dijeron dónde hallaríamos a él por el río abajo; y así, fueron por él, y su muerte nos dio mucha pena, porque hasta entonces ninguno nos había faltado. El caballo dio de cenar a muchos aquella noche.

En Ancho Mar de los Sargazos[1], de Jean Rhys, cuando Antoinette y su madre ya son pobres, les matan el caballo:

Todavía montaba a caballo todas las mañanas, sin importarle que los negros, agrupados, se burlaran de ella, de modo especial cuando sus ropas de montar comenzaron a ser harapientas (se fijan en las ropas, saben si hay dinero).

Y un día, muy a primera hora de la mañana, vi el caballo de mi madre tumbado en el suelo, bajo el franchipán. Me acerqué y vi que no estaba enfermo, sino muerto, y que tenía los ojos negros de moscas. Me fui corriendo y nada dije a nadie porque pensé que si no lo decía quizá no fuera verdad*. Pero aquel mismo día, más tarde, Godfrey descubrió el caballo, que había sido envenenado. Mi madre dijo:

—Hemos quedado aisladas, ahora. ¿Qué será de nosotras?

En Crimen y castigo, Mikolka invita a muchos a subir a su carreta y, con su peso y los latigazos, torturan entre todos al caballo. Es terrible.

—Pegadle en el hocico, en los ojos, ¡dadle fuerte en los ojos! —vocifera Mikolka.[2]

Lo acaban matando a palos. Luego Mikolka grita que es suyo.

—¡Es mío! —exclama Mikolka con la barra en la mano, enrojecidos los ojos y como lamentándose de no tener otra víctima a la que golpear.

Nos agenciamos algo y, por el hecho de creer que nos pertenece, nos creemos también con derecho a destrozarlo. Einstein dijo que solo dudaba de la infinidad del universo. Estas dos cosas van de la mano.

*(Sobre guardar silencio por no despertar a la verdad se ha dicho mucho; contaré algo en la próxima huella.)

[La imagen fragmentada que encabeza este artículo, Parts of a white and brown horses, pertenece a la colección de dominio público de la New York Public Library. Es del grabador Henry Thomas Alken y data de alrededor de 1817-1818. Más información, aquí.]

[1] Ancho Mar de los Sargazos, Jean Rhys, traducción de Andrés Bosch, ed. Anagrama, Barcelona, 2006.

[2] Crimen y castigo, Fiódor Dostoyevski, traducción de José Fernández Z., Ed. Juventud, Barcelona, 1991.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *