Como la espuma

Mendace veritas

Un supuesto defiende que la verdad, como la fermentación, siempre aflora. Yo creo que a veces no, pero sé que la verdad solo puede contarse con mentiras. Luego a esas mentiras las llamamos arte.

En El árbol del orgullo Chesterton cuenta la historia del ermitaño Securis, que vivía entre árboles y llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Por ello rogó que los soltaran de vez en cuando para que anduvieran como las otras criaturas, y así salían con Securis de paseo, un hombre seguido de su arboleda como la siesta sigue a la comida. Sin embargo, esa libertad tenía condiciones, como en todos los cuentos. Una era que los árboles debían volver a su sitio cuando el ermitaño hiciera sonar su campana. La otra, que de los animales solo debían tomar el movimiento pero no la voracidad ni la destrucción.

Pero unos pájaros azules vinieron a posarse en un árbol más nervioso que el resto, que se los comió y calló el asesinato. Regresó al redil y ninguno lo supo. No obstante, al llegar la primavera, cuando todos los árboles dieron hojas, este dio plumas estrelladas y azules […] y el pecado se reveló.

La sangre en el jardín, un relato similar de Gómez de la Serna, refiere lo siguiente: El crimen aquel hubiera quedado envuelto en el secreto durante mucho tiempo si no hubiera sido por la fuente central del jardín, que, después de realizado el asesinato, comenzó a echar agua muerta y sangrienta. La correspondencia entre el disimulado crimen de dentro del palacio y la veta de agua rojiza sobre la taza repodrida de verdosidades dio toda la clave de lo sucedido.

(Verdosidades, escribe. La verdad es el moho y se manifiesta como tal, hasta tal punto que un sinónimo la evoca y la contiene. Verdosidad de la buena.)

Oscar Wilde, quien según Borges —compilador junto a Casares y Ocampo de la antología[1] que comprende los dos relatos citados— casi siempre tenía razón[2], defendía la mentira porque sabía que no hay modo de decir la verdad si no es mediante la ficción —acompañada del humor—.

En La decadencia de la mentira, Wilde dice que los cultivadores de la verdad acaban por escribir novelas tan semejantes a la vida que no hay modo de creer en su verosimilitud —fastidiosa manía que, en mi opinión y por desgracia, acabó contagiando también al cine—. Puede que Wilde no lo dijera en relación con la verdad que aflora en la ficción, como aflora una costra o un eccema, sino como defensa del arte por y en sí mismo, de la creación imaginativa, es decir, de la creación —pues, si no es imaginativa, no es creación—. Pero sirve al mismo fin, ya que, como él dijo también: La verdad en el arte es la unión de una cosa consigo misma. Esto es, que la ficción es arte —y al revés— y por lo tanto solo puede ser verdad. La verdad, en cambio, entendida como los hechos, es como mucho simple realidad.

En El retrato de Dorian Gray también acaba sarpullendo la verdad:

Al entrar encontraron, colgando en la pared, un espléndido retrato de su amo tal como lo habían visto por última vez, en toda la gloria de su exquisita juventud y belleza. Echado en el suelo había un hombre muerto, vestido de etiqueta, con un cuchillo en el corazón. Estaba marchito, arrugado y su rostro era repugnante. No reconocieron quién era hasta que observaron sus anillos.[3]

Werner Herzog también aludió hace poco a ese culto monstruoso de los hechos —como lo llama Wilde— en Éxtasis y terror en la mente de Dios, un diálogo sobre casi todo con Paul Holdengräber en el CCCB. Su película Lessons of Darkness empieza con una mentira, por ejemplo. Herzog ha explicado lo siguiente al respecto:

La imaginación, la estilización y la invención nos llevan a ser mucho más verídicos. Pongamos, por ejemplo, mi película de 1992 Lessons of Darkness, que retrataba los incendios en Kuwait después de que el ejército iraquí prendiera fuego al país. Empieza con una cita del filósofo francés Blaise Pascal: El colapso del universo estelar se dará, como la creación, en un esplendor grandioso. ¡Qué frase tan maravillosa! Naturalmente, no es de Pascal; me la inventé. Pero, admitámoslo, Pascal no lo habría dicho mejor. Para los que tienen mente de contable, esto parece un fraude. Pero en última instancia no lo es, porque yo elevo a los espectadores a un nivel muy alto antes de que vean siquiera la primera imagen del documental, y por tanto entran en él con un nivel distinto de preparación. A ese respecto, aunque la cita sea inventada, no pretende engañar ni confundir ni defraudar al espectador, sino todo lo contrario: llenarlo de asombro y preparar su alma para algo que jamás se ha visto en la historia de la humanidad. De modo que no es una mentira; es una forma intensificada de verdad.[4]

A la verdad solo se puede llegar por la mentira, por la ficción.

Poe abordó el tema en El corazón delator, donde un hombre mata a un anciano, lo descuartiza y lo esconde bajo el suelo de su casa. Pero el asesino es un hombre nervioso. Su culpa es como el alioli, que acaba delatándose por el aliento, y el protagonista se confiesa. En El gato negro, también de Poe, un gato emparedado revela con su maullido la verdad de un homicidio.

Y es que la verdad, dicha a las claras, es algo que rara vez se cree. Cordelia es la más sincera de las hijas de Lear, pero él toma su honestidad por desapego. Solo al final de todos los engaños perpetrados comprende que era la única que lo quería.

En El barón rampante Cosimo contaba a los ombrosenses nuevas historias que, de verdaderas, contándolas, se volvían inventadas, y de inventadas, verdaderas.[5]

Edith Sitwell dice en su autobiografía: Mientras escribía ciertos capítulos de este libro me di cuenta de que el público se cree cualquier cosa, siempre y cuando no se fundamente en la verdad.[6]

Las alusiones son inacabables, pero terminaré como empecé, con un cuento de la Antología de la literatura fantástica, en este caso, Enoch Soames, de Max Beerbohm:

—En la Vida y en el Arte —dijo— lo que importa es un final inevitable.
—Pero —insistí con una confianza que no sentía— un final que puede evitarse no es inevitable.
—Usted no es un artista —replicó—. Tan poco artista es, que lejos de poder imaginar una cosa y darle semblanza de verdad, usted va a conseguir que una cosa verdadera parezca imaginaria. Usted es un miserable chambón.

Como ya dije en su momento, cualquier parecido con la ficción es pura realidad.

***

(Continuará, de mentira.)

[La imagen que ameniza este artículo es un busto seccionado del Barón de Munchausen, un bendito mentiroso al que retrató Gustave Doré. Es de dominio público y puede verse entera en Wikimedia Commons.]

[1] Antología de la literatura fantástica, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, ed. Edhasa, Barcelona, 2008.

[2] Opinión que comparto.

[3] El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde. La traducción es mía.

[4] Entrevista a Herzog en Spiegel Online. La traducción es mía.

[5] El barón rampante, Italo Calvino. Traducción de Francesc Miravitlles, ed. Bruguera, Barcelona, 1985.

[6] Taken care of: An Autobiography, Edith Sitwell, Bloomsbury Reader. La traducción es mía.

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