Llamaron a la puerta

Fredric Brown escribe en Llamaron a la puerta:

Hay un delicioso cuento de terror que solo tiene dos frases:
            El último hombre sobre la Tierra estaba sentado solo en una habitación. Llamaron a la puerta…
            Dos frases y una elipsis en forma de puntos suspensivos. El terror, naturalmente, no está en el cuento en absoluto. Está en la elipsis, en la insinuación: ¿Qué llamó a la puerta? Frente a lo desconocido, la mente humana inventa algo vagamente horrible.
            Pero no fue horrible en realidad.[1]

En realidad Brown altera el cuento Sola y su alma de Thomas Bailey Aldrich, que, según la Antología de la literatura fantástica de Borges, Ocampo y Casares[2], dice así:

Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.

No hay puntos suspensivos pero el terror sigue ahí, el miedo a lo ignoto, a lo que hay al otro lado de la puerta; esa es la elipsis.

(En otra vuelta de tuerca, Ron Smith abandonó el golpeteo por un cerrojo y batió por una letra el récord del –entonces– cuento más corto jamás escrito: The last man on Earth sat alone in a room. There was a lock on the door…)

A veces no se acaba de saber jamás qué o quién hay tras la puerta. Bartlett[3] recoge que en un par de ocasiones Joyce dictó a Beckett algún fragmento de Finnegans Wake. En una de esas sesiones, alguien llamó a la puerta. Beckett no lo oyó, pero Joyce dijo: Come in («Pase», «Entre», «Adelante»), y Beckett lo anotó. Al leer el texto, Joyce preguntó a Beckett qué era ese «Pase». Beckett contestó que Joyce lo había dicho y él lo anotó, como el resto. Joyce reflexionó un momento y decidió dejarlo. Staples ahonda en la anécdota literaria –¿en qué fragmento aparece?–. A mí me interesa el enigma humano: ¿llamó alguien? Y, si es así, ¿quién llamó y qué quería?

Otras veces sabemos quién llama pero no qué hay al otro lado. En Un golpe a la puerta del cortijo, de Kafka, una chica, tal vez una niña, llama a una puerta, no se sabe bien si por descuido o travesura. Puede incluso que no haya llegado a tocarla. El pueblo que linda con el cortijo juzga a su hermano, que iba con ella, y lo encarcela. Qué fue de la muchacha no se sabe, pues el hermano la mandó a casa antes del juicio para que se arreglara un poco. Por lo que nos consta, él sigue encerrado y se pregunta:

¿Podría yo respirar otros aires que los de una cárcel? He aquí el gran dilema. O, mejor dicho, lo que sería el gran dilema si tuviera alguna perspectiva de ser liberado.

Es tan peligroso llamar a la puerta equivocada como abrirla aunque te enseñen la patita…

Pero no siempre se ignora qué hay al otro lado, aunque no todos lo llamen por el mismo nombre. En una ocasión la reina Victoria riñó con su esposo, el príncipe Alberto, quien corrió a encerrarse en sus reales aposentos. La reina llamó a su puerta. ¿Quién es?, dijo Alberto. La reina de Inglaterra, y exige que le abran. Pero Alberto no abrió. ¿Quién es?, repitió Alberto. La reina de Inglaterra. Pero Alberto no abrió. ¿Quién es?, volvió a preguntar. Tu esposa, Alberto, dijo Victoria. Y Alberto abrió. [4]

Margaret Oliphant[5] describe una puerta vacía, que comunicaba directamente con las tinieblas del parque. La linterna iluminaba un trozo del muro, cubierto de brillante hiedra, que parecía una nube de oscuro verdor. Iluminaba también las zarzas y los espinos, que se agitaban sombríamente a uno y otro lado; y debajo, aquella puerta abierta y vacía, una puerta que conducía a la nada.

La puerta está abierta, pero cada medianoche alguien –¿un fantasma? Bah, el nombre es lo de menos– la golpea y suplica entrar por ella:

A veces –aunque tal vez fuera cosa de mi imaginación– me parecía escuchar el sonido de unos golpes en la puerta; luego volvían a estallar los sollozos.

Una puerta abierta por la que alguien no puede entrar es casi tan absurda como la de Ante la ley[6], por la que no logra cruzar el individuo para la que está hecha.

Con respecto a El cuervo, Poe explicó lo siguiente: Que el amante supusiera, en el primer momento, que el aleteo del pájaro contra el postigo fuese una llamada a su puerta era una idea brotada de mi deseo de aumentar la curiosidad del lector, obligándole a aguardar, pero también del deseo de colocar el efecto incidental de la puerta abierta de par en par por el amante, que no halla más que oscuridad, y que por ello puede adoptar en parte la ilusión de que el espíritu de su amada ha venido a llamar…[7]

Hace poco quise visitar el cementerio de Poble Nou, pero era tarde y estaba cerrado. Di un paseo por el barrio y, mientras pensaba en la puerta de Aldrich y el resto, se me abrió este muro como un portazo, el de la foto que ilustra este artículo. Su texto dice: «LA HISTORIA COLECTIVA (sigue la frase) “¡Entra!, dijo la mujer en la puerta de su casa. Faltaban pocos días para su desalojo…”».

***

(Continuará si me abren la puerta.)

[La imagen que ilustra este artículo es el fragmento de una foto que tomé en Poble Nou. Ignoro quién escribió el texto, pero me tienta continuarlo…]

Notas:

[1] «Llamaron a la puerta», Fredric Brown, en Big Bang. Antología de relatos de ciencia ficción, traducción de Carmen G. Aragón, ed. Teide, Barcelona, 2015.

[2] «Sola y su alma», de Thomas Bailey Aldrich, en Antología de la literatura fantástica, de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo. Penguin Random House Grupo Editorial, S. A., Buenos Aires, 2016.

[3] Bartlett’s Book of Anecdotes, Little, Brown and Company, 2000. Edición de Clifton Fadiman y André Bernard.

[4] Bartlett’s Book of Anecdotes, Little, Brown and Company, 2000. Edición de Clifton Fadiman y André Bernard.

[5] La puerta abierta, Margaret Oliphant. Traducción de Rafael Díaz Santander, ed. Valdemar, Madrid, 1987.

[6] Ante la ley, Franz Kafka.

[7] «Método de composición» en Narrativa completa, Edgar Allan Poe, ed. Cátedra, Madrid, 2013.

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