Shakespeare o la broma infinita

más pepinillos de mar

Lampedusa dijo que todo lo que sabemos sobre Shakespeare cabe en media página.[1] Si quitamos «sobre Shakespeare» a esa frase sigue siendo verdad.

Un erudito shakespeariano dijo a Bill Bryson que toda biografía de Shakespeare consiste en un 5% de hechos probados y un 95% de conjeturas.

Mark Twain gastó una broma: no fue Shakespeare quien escribió las obras de Shakespeare, sino un autor del mismo nombre. Sin embargo la broma no era suya, era de otro, y el mismo chiste se aplicó a los poemas de Homero.

En El misterio de Shakespeare, Bram Stoker narra una acalorada riña en el bar de una posada a raíz de la autoría de Shakespeare. Dos bandos se enfrentaron: el defensor de Shakespeare y el abanderado de Francis Bacon. Cuando asomaron los revólveres alguien propuso un arbitraje para poner paz. El árbitro fue un irlandés que había permanecido tranquilamente sentado en el bar, fumando y sin decir una palabra mientras rugía el debate, circunstancia que debió de revelar lo apropiado de su carácter para la tarea. Su decisión fue la siguiente: esas obras en disputa no fueron escritas por Shakespeare, ¡sino por otro autor que se llamaba igual![2]

En ¿Cuáles eran las preguntas? Weinberger habla de la antología de poemas chinos Chu ci. Uno de los textos más extraños del Chu ci, dice, es el Tian wen, una serie de ciento setenta y dos preguntas sin respuesta en ciento ochenta y seis versos. […] Casi todo lo relativo al Tian wen es un misterio […] Pasando por alto la postrera mezcla y las posibles enmiendas, quiero suponer que el texto tiene un autor, y que ese autor es Qu Yuan, creador del Li sao y de las «Nueve canciones». (También podría tratarse, por supuesto, de un contemporáneo o de un imitador posterior. Antaño una teoría postulaba que las obras de Shakespeare no habían sido escritas por William Shakespeare, sino por otro individuo del mismo nombre.)[3]

Y en Sueños de los holotúridos Weinberger cita a T. T. Donnelly, el mayor erudito sobre el tema de la Atlántida, que en otros libros demostró las teorías de que el período glacial fue causado por una colisión entre la Tierra y un cometa, y que sir Francis Bacon era el autor de las obras de Shakespeare.[4]

(La Atlántida, al final, resulta ser un sueño de los holotúridos, llamados entre nosotros «pepinos de mar».)

Mark Twain y Helen Keller se hicieron muy amigos y ambos conspiraron contra Shakespeare. Twain conocía a un magnate que pagó los estudios de Keller en Radcliffe College. Ambos eran baconianos convencidos y lo pasaban muy bien.[5]

Prácticamente nadie «en vida de Shakespeare o durante los dos siglos que siguieron a su muerte puso en duda su autoría».[6] Al parecer la locura empezó en el siglo XVIII con James Wilnot, o con la broma de Schmucker sobre Cristo en 1848[7], pero cuajó con Delia Bacon a mediados del XIX. Bacon era una mujer singular y lista, aunque no muy equilibrada.[8] Escribió un mamotreto en defensa de la autoría de su tocayo, Francis Bacon, en el que, sin embargo, apenas lo nombró. Su investigación brilló por su ausencia y el libro era ilegible. Hawthorne escribió el prólogo y se arrepintió al poco. Delia murió muy mal, exhausta y demente, pero su teoría echó raíces en Twain, Henry James y otros.

Una de mis locuras favoritas es la rueda de cifrado de Owen, baconiano convencido que desveló los «mensajes ocultos» en las obras de Shakespeare.

Hasta Freud –quien, según Forrest-Thomson, siempre se equivoca– propuso una teoría: Shakespeare era de origen francés y su nombre, una corrupción de Jacques Pierre.[9]

Yo misma tengo la mía: en un universo paralelo, Pierre Menard, autor del Quijote, se llama Jacques Pierre Menard y es también el autor de las obras de Shakespeare –de ahí que «murieran el mismo día», un día que, naturalmente, no existe.

Christopher Marlowe murió una muerte falsa y escribió todo lo de William. Isabel I no solo fue un hombre –como afirmó también Twain–, sino el propio Shakespeare. También fue Shakespeare el decimoséptimo conde de Oxford, a quien por tanto se atribuye además el mérito de escribir gran parte de sus obras después de muerto. Y muchos otros más.

Lo curioso del caso, como apunta Bryson, no es solo que no haya pruebas de que Shakespeare escribiera lo que escribió, sino que no las hay de que no lo hiciera.

De Shakespeare se sabe muy poco y se ha escrito demasiado. Varias de las razones por las que algunos creen que no pudo escribir sus obras es porque «era un paleto de pueblo», «el autor del excelso Venus y Adonis no podía ser el mismo que el de sus comedias más pícaras», «se interesaba por el dinero y las cosas mundanas» o «una sola persona era incapaz de crear todo aquello». Pero el humor no está reñido con la poesía; es más, el que no es capaz del humor, dudo que sea capaz del poema. Todos necesitamos dinero. Puede que su educación fuera básica, pero no lo que entendemos hoy por básico. Lejos de tener «poco latín y aún menos griego», como objetó Ben Jonson (quien por cierto también carecía de formación universitaria), Shakespeare conocía a fondo esa lengua, pues la vida de un escolar consistía sobre todo en leer, escribir y recitar en latín.[10]

Cabe pensar que, con el tiempo y el deterioro de la educación básica, se acabe demostrando que Shakespeare era un vampiro, un zombi o un pokémon. O puede que todo sea un sueño de los holotúridos.

***

(Continuará, pero lo escribirá otra que se llamará igual que yo.)

[La imagen que ameniza este artículo es el fragmento de una lámina que ilustra pepinos de mar («Echinoderms from Australia Cambridge, U.S.A.: Printed for the Museum, 1938»). Es de dominio público y puede verse entera en la Biodiversity Heritage Library.]

[1] Shakespeare, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Editorial Nortesur, traducción de Romana Baena Bradaschia, junio de 2009.

[2] «El misterio de Shakespeare», en Con la risa en los huesos, VV. AA., Valdemar, Madrid, 2008.

[3] «¿Cuáles eran las preguntas?», en Rastros kármicos, Eliot Weinberger, traducción de Aurelio Major, Emecé Editores, ed. Planeta, Barcelona, 2002.

[4] «Sueños de los holotúridos», en Rastros kármicos, Eliot Weinberger, traducción de Aurelio Major, Emecé Editores, ed. Planeta, Barcelona, 2002.

[5] Contested Will, James Shapiro, Faber and Faber, 2010.

[6] Jonathan Bate en Shakespeare, Bill Bryson, traducción de A. Ehrenhaus, ed. RBA, Barceloma, 2009.

[7] Leído primero –de nuevo– en Contested Will, James Shapiro, Faber and Faber, 2010.

[8] Shakespeare, Bill Bryson, traducción de A. Ehrenhaus, ed. RBA, Barceloma, 2009.

[9] Contested Will, James Shapiro, Faber and Faber, 2010.

[10] Shakespeare, Bill Bryson, traducción de A. Ehrenhaus, ed. RBA, Barceloma, 2009.

 

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