Amarillo

AMARILLO

Si existen los sinónimos, el verano es –aparte de culpa de Vivaldi[1] y por su lado bueno– sinónimo de amarillo. Y lo digo sinónimo de ofender. El amarillo me gusta; lo que detesto es el calor, no el color. El amarillo es luz.

El amarillo es el color que mejor se ve de lejos. De ahí que los autobuses escolares suelan pintarse de amarillo, como los buzones o los taxis.

El amarillo es, según la decimosegunda acepción del DRAE, un:

«Adormecimiento extraordinario que los gusanos de seda, cuando son muy pequeños, suelen padecer en tiempo de niebla».

(Este último dato, que confirma que la mejor poesía está en la prosa y los diccionarios, lo descubrí gracias a Capítulos de una vida flotante.)

Borges dice en su diálogo con Osvaldo Ferrari[2] en alusión a El misterio del cuarto amarillo:

[…] ese título es un verdadero hallazgo, cualquier otro color hubiera sido un error, ¿no le parece?: si hubiera dicho «Le mystère de la chambre noire» (El misterio del cuarto negro) ya no, el negro y lo terrible; «de la chambre rouge» (del cuarto rojo) no, está mal; «la chambre verte» (del cuarto verde) sería un poco ridículo. Pero «la chambre jaune» (el cuarto amarillo) es precisamente el color que se necesita, ¿no?

Los misterios que ocurren en un cuarto me recuerdan a las películas que suceden en una sola noche –el tiempo también es, en cierto modo, un espacio limitado. En And then there were none (Diez negritos)[3], no pasa todo en un cuarto ni en una noche, pero sí en una isla, elemento que aúna un encierro en el tiempo y el espacio. El señor U. N. Owen ha invitado a la isla a diez personas. Están solas y alguien las mata, una a una, hasta que no queda ninguna. Todos los «isleños» son sospechosos. Uno de ellos, Miss Claythorne, está allí porque en una playa de fina arena amarilla dejó que se ahogara un niño. No lo ahogó con sus manos, pero no evitó que nadara hasta la roca…

Todos los invitados participaron en la muerte de alguien y escaparon a la justicia. Alguien quiere que reciban su «merecido». Cierto sentido de la moral justifica sus muertes. Pero, ¿y si alguien mata porque sí?

Una familia sale de excursión en coche, topa en la carretera con el Desequilibrado y sus esbirros. Primero matan al padre, que llevaba una camisa amarilla con loros azules estampados. Acto seguido el Desequilibrado se pone la camisa, porque si alguien te mata luego puede usar tus cosas, y porque un hombre bueno es difícil de encontrar. El asesino explica: Me hago llamar el Desequilibrado porque no puedo hacer que las cosas malas que he hecho se correspondan con lo que he soportao durante’l castigo.[4]

Bueno, a veces la vida es mejor y te da justo lo que esperas. Cuando el señor González necesitaba ayuda desesperadamente […] la puerta se abrió y entró en la oficina el hombre más grande que el señor González había visto en su vida. Naturalmente, era Ignatius Reilly, con su mata densa de pelo negro aplastada contra el cráneo con vaselina… […] Y luego aquellos ojos increíbles, azules y amarillos, con un finísimo encaje de venillas rojas…[5]

La casa de Dorian Greene, que Ignatius visita para celebrar una «reunión política» –no exenta, por cierto, de unos cuantos disfraces– es un edificio amarillo de estuco que queda junto al Royal, en la calle St. Peter. No tiene pérdida. El exterior estaba pintado de un amarillo canario muy brillante.

Para olvidarse de un suceso extraordinario –una noche sus muebles salen por la puerta por voluntad propia–, el personaje de ¿Quién sabe?, de Maupassant, sale de viaje. Entre otros lugares, visita África y atraviesa pacíficamente ese gran desierto amarillo y tranquilo, donde erran camellos, gacelas y árabes vagabundos, ese desierto cuyo aire transparente y ligero ignora de noche y de día las obsesiones.[6]

Amarillo y tranquilo también puede ser. Y también puede ser la furgoneta de Miss Shepherd, a quien le encantaba el amarillo («Es el color Papal») y nunca dejaba mucho tiempo sus vehículos en su estado original. Tarde o temprano la veías rodear despacio su hogar inmóvil y dar estudiados retoques en la herrumbre con la pintura amarillo pálido de un botecito de estaño […] Miss Shepherd nunca distinguió la diferencia entre el esmalte de carrocerías y la pintura normal, y ni siquiera se molestaba en mezclarlas. El resultado era que al final parecía que todos sus vehículos habían recibido una capa de natillas grumosas o un pegote de huevos revueltos. Con todo, en pocos momentos se la veía tan feliz como cuando los estaba pintando.[7]

El último jueves en la Tierra Arthur Dent se levantó con resaca. Por la ventana de la cocina vio un buldócer amarillo muy grande. Lo miró fijamente. 

«Amarillo», pensó, y fue tambaleándose a su habitación para vestirse.

«Amarilla», pensó.

La palabra amarillo vagó por su mente en busca de algo relacionado con ella. Quince segundos después había salido de casa y estaba tumbado delante de un enorme buldócer amarillo que avanzaba por el sendero del jardín.

Pero su lengua y el buldócer no eran lo único amarillo. Aquel jueves en particular, una cosa se movía silenciosamente por la ionosfera a muchos kilómetros por encima de la superficie del planeta; varias cosas, en realidad, unas cuantas docenas de enormes cosas en forma de gruesas rebanadas amarillas, tan grandes como edificios de oficinas y silenciosas como pájaros… Aquellas cosas pasaron prácticamente desapercibidas, pero anunciaban la llegada de lo que ya habían predicho los delfines…[8]

Los patos de El viento en los sauces también nos cantaban lo mejor que se puede hacer –cada cual lo que guste:

A lo largo del arroyo
los patos, chapoteando,
van entre los grandes juncos
todos con la cola en alto.

Colas de patos y patas,
pies amarillos temblando,
pico amarillo escondido,
en el río atareados.

Verde maleza fangosa
en donde nada el escarcho:
fresca, repleta y oscura,
ahí la despensa guardamos.

A cada cual lo que guste:
nosotros, chapoteando,
cabeza abajo queremos
estar y colas en alto.

Arriba en el cielo azul
los vencejos van volando,
mientras abajo nosotros
chapoteamos cola en alto.[9]

***

(Continuará, de amarillo.)

[La imagen que ilustra este artículo es AMARILLA.]

[1] Porque si, como decía Wilde, la Vida imita al Arte, entonces el verano es culpa de Vivaldi: si solo hubiera compuesto Otoño, Invierno, Primavera Bromeo, ya sabéis. El verano está bien fuera del cemento.

[2] En diálogo I, Jorge Luis Borges, Osvaldo Ferrari, Siglo Veintiuno Editores, México, D. F., 2005.

[3] Agatha Christie.

[4] Un hombre bueno es difícil de encontrar, Flannery O’Connor, traducción de Marcelo Covián y Vida Ozores, RHM Flash.

[5] La conjura de los necios, John Kennedy Toole, traducción de José Manuel Álvarez Flórez y Ángela Pérez Gómez, ed. Anagrama, 2013.

[6] Guy de Maupassant, ¿Quién sabe?, según consta en Iantología de la literatura fantástica, Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo, Bioy Casares, Edhasa Sudamericana, Barcelona, 1977.

[7] La dama de la furgoneta, Alan Bennett, traducción de Jaime Zulaika, ed. Anagrama, Barcelona, 2009.

[8] Guía del autoestopista galáctico, traducción de Benito Gómez Ibáñez y Damián Alou, ed. Anagrama, Barcelona, 2005. (Gracias a Marta Irazola por prestarme la edición traducida.)

[9] El viento en los sauces, Kenneth Grahame, traducción de Lourdes Huanqui, Alianza Editorial, Madrid, 2003. (Gracias a @shichimmi por descubrirme esta fantástica traducción.)

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