Manchas

Desperate Man

Todos tenemos por lo menos una, ya sea fruto del antojo o del equívoco. El señor Keuner, que es sabio porque ha errado cuanto ha podido, incluso las planifica:

–¿En qué está trabajando usted? –le preguntaron al señor K. Este respondió:
–Tengo mucho trabajo. Estoy preparando mi próximo error.[1]

Es, como se titula ese breve cuento, la fatiga del mejor.

Del error se aprende. Yo por eso procuro que mis errores sean siempre distintos. Los aciertos pueden repetirse y hasta pasar desapercibidos, pero los errores deben ser únicos; para que un error sea perfecto, tiene que ser siempre mayor que el anterior. Solo así se aprende. Al recordarlo, nos pasa como a la protagonista de La mancha de nacimiento, de Hawthorne:

Ante la mención de la mancha de nacimiento, Georgiana, como de costumbre, se contrajo, como si un hierro al rojo vivo le hubiera tocado la mejilla.

Georgiana es preciosa, casi perfecta, en opinión de Aymler, su esposo, si no fuera por esa mancha en forma de manita que tiene en la mejilla izquierda, símbolo, según él, del pecado, la imperfección, la decadencia y, en última instancia, de la naturaleza mortal frente a la divina.

Aymler es un científico que ama a su esposa casi tanto como a su ciencia. Georgiana lo admira y coincide con él en que hay que borrar esa mancha de su rostro que tanto lo atormenta, y que tanto la atormenta ahora también a ella al ver su aborrecimiento.

La cosa se convierte en obsesión. Aymler prueba con distintos métodos, todos tan fabulosos como inútiles. Cuando por fin lo logra, la mancha desaparece, pero Georgiana también muere con ella. Nuestros errores también somos nosotros. Aunque la mancha, por supuesto, no era un error, salvo el error de Aymler, que no supo ver su belleza.

Antes de que todo acabara así, un buen día, mientras Aymler llevaba a cabo sus experimentos, Georgiana entró por primera vez en su laboratorio. Él la vio y primero se puso rojo de ira, luego, más pálido que nunca:

Corrió hacia ella y la asió por el brazo apretando de tal forma que dejó en él la marca de sus dedos.[2]

En El brazo marchito, de Hardy, una mujer, Rhoda, trabaja ordeñando vacas para el rico granjero Lodge, con quien tuvo un hijo hace muchos años. Ahora Lodge se ha casado con una joven hermosa y Rhoda sueña con ella. Tiene una pesadilla en la que Gertrude la ataca. Para defenderse, Rhoda la agarra del brazo y la arroja al suelo.

Al día siguiente, fuera del mundo de los sueños, Gertrude visita a Rhoda y a su hijo, a quien lleva un par de botas buenas. Rhoda se interesa por su salud y Gertrude le dice que sufre de un pequeño mal:

Gertrude se descubrió la mano y el brazo izquierdos. Su forma se presentó ante los ojos de Rhoda exactamente como los que había contemplado y sujetado en su sueño. Sobre la superficie sonrosada y redonda del brazo se veían unas marcas de un color enfermizo, como las que provocaría un agarre brusco. Los ojos de Rhoda se fijaron en las manchas y creyó reconocer en ellas la forma de sus cuatro dedos.[3]

Con el tiempo la marca se intensificará y debilitará su salud, arruinará su matrimonio. En un final rocambolesco, Gertrude convencerá a un verdugo para que le deje frotarse el brazo contra el cuello de un recién ahorcado, única cura posible para su mal según una suerte de hechicero. Y, efectivamente, su mal desaparecerá. Pero en la trastienda de la horca coincidirá con los padres del ahorcado, un muchacho de apenas dieciocho años. Son Rhoda y Lodge. Gertrude morirá –por decirlo así– de la impresión.

Puede que sea mejor llevar siempre encima nuestras manchas. Al fin y al cabo, nuestros aciertos no son más que la suma de nuestros errores.

***

(Continuará, a ser posible con manchas.)

[La imagen que ameniza este artículo es un fragmento de El desesperado, autorretrato de Gustave Courbet, maravilla de dominio público (como esta otra de dominio púbico) que puede verse entera en Wikipedia. No se me ocurre nada mejor para retratar esa cara de «¡¿Pero qué he hecho?!» (como tampoco se me ocurre mejor origen del mundo; Courbet se adelantó a la física y la religión.]

[1] Historias del señor Keuner, Bertolt Brecht, traducción de Eduardo Subirats, Barral Editores, Barcelona, 1974.

[2] La mancha de nacimiento, Nathaniel Hawthorne, la traducción es mía.

[3] El brazo marchito, Thomas Hardy, traducción de Zulema Couso, ed. AstroRey Books, Barcelona, 2015.

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