Sin palabras

No tengo palabras (dice). Te doy mi palabra (y calla). Palabra de honor (a escote). Ni una palabra (ya van tres). No dijo ni mu. Las palabras se las lleva el viento (el mismo que te pega en la cara). Lo escrito, escrito queda. Palabras al aire. Palabras mayores. La última palabra. Si lo que vas a decir no es mejor que el silencio, no palabras la boca. Somos ruido. Bla. Y no paramos de hablar sobre callarnos. Pero hay un lenguaje sin palabras —aunque lo describimos con ellas—.

Eliot Weinberger dice que en el Sáhara los camellos dejan huellas como flores de loto sobre la arena[1]. Son escritura muda, como las flores de Onitsura:

También nos hablan
las flores silenciosas
al oído interno.[2]

Escuchando se oye el silencio.

Twitter es más ruido que silencio, pero ayer topé con esto: ¿Por qué nos cohíbe el silencio? ¿Qué consuelo hallamos en todo ese ruido? Es de Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom.

También descubrí entre el ruido esto de Tranströmer, que en De marzo del ’79 está:

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras,
pero no lenguaje,
parto hacia la isla cubierta de nieve.
Lo salvaje no tiene palabras.
¡Las páginas no escritas se ensanchan en todas direcciones!
Me encuentro con huellas de pezuñas de corzo en la nieve.
Lenguaje, pero no palabras.

Huellas de camello en la arena, pezuñas de corzo en la nieve, flores al oído.

Otro poema suyo, Abril y silencio, acaba así:

Lo único que quiero decir
reluce fuera de alcance
como la plata
en la casa de empeños.[3]

Edith Sitwell también habla de «la palabra» en su autobiografía, Taken Care Of:

            «La Palabra», escribió san Bernardo (Cántico, Sermón 74), «ha brotado en mí más de una vez: si ha entrado a menudo, no siempre he sido consciente de su llegada. Pero incluso he sentido el anuncio de Su llegada.
¿Por dónde entró en mi alma? ¿Adónde regresó cuando salió de mí? ¿Por qué lugar entra?… No entra por los ojos, pues no es un color; ni por los oídos, pues no es un sonido.” [Nota: aquí difiere la experiencia del santo y el poeta. La Palabra, para un poeta, sí viene como un sonido. Pero uno de muy lejos. E. S.]
“Ni por las narices, pues no se une con el aire… ¿Por qué medio entró entonces? Quizá no entró, pues no viene de fuera, como una cosa externa”.»[4]

Según Emily Dickinson,

La esperanza es esa cosa con plumas
Que se posa en el alma,
Y canta la melodía sin las palabras,
Y nunca, nunca cesa…[5]

El día que Mick Kelly probó la cerveza y el sexo, un pájaro cantó una canción triste y clara que nunca había oído. Una nota alta como de oboe, y luego bajó cinco tonos y la repitió. La canción era triste como una pregunta sin palabras.[6]

En Everything, Mary Oliver explica que quiere escribir poemas que digan sin ambages lo que quiere decir, sin florituras; poemas que sean canciones en que nada se descuida, ni una esperanza ni una promesa, que honren el corazón de la fe y la luz del mundo; la alegría que dice, sin una palabra, todo.

El canto del grillo en The Snow Cricket, también de Oliver, no es, en este caso, solo obra de la boca, sino de cada pliegue del cuerpo; un canto que no tiene palabras.

A veces la palabra es una ventana tapiada; solo sirve para callarse. O como un ave que ya no canta: aquí Teffi narra su primera visita a un editor, en cuya mesa hay un ave disecada que lo mira con la boca abierta sin decir palabra.

Hablando de aves, según Flannery O’Connor, la última palabra será de los pavos reales.[7] Capote cree que será del arpa de hierba:

A los pies de la colina se extiende una pradera que cambia de color con las estaciones. Vale la pena verla en otoño, a finales de septiembre, cuando se torna roja a la puesta de sol y las sombras de color escarlata, semejantes al resplandor de una hoguera, pasan sobre la hierba, arrastradas por las ráfagas de los vientos otoñales que, al agitar suavemente sus hojas, emiten un leve suspiro que parece música humana: un arpa de voces.
[…]
–¿Lo oyes? Es el arpa de hierba, que siempre nos cuenta algo nuevo… Lo sabe todo de la gente de la colina, de los que vivieron antes aquí. Y cuando nosotros estemos muertos, también contará nuestra historia.[8]

(En mi cabeza Capote fue guionista de Perdidos.)

***

(Continuará, con palabras.)

[La imagen que ilustra este artículo es lo más parecido al silencio que he encontrado –aunque en mi opinión una imagen no suele valer más que mil palabras; el que lee, sabe por qué.]

[1] An Elemental Thing, Eliot Weinberger, XXX.

[2] Haikú de Onitsura, a partir de una traducción inglesa cuyo autor ignoro. Las traducciones difieren. Lo he visto como El obedecer: / aun las flores silenciosas / al oído interior (Fernando Rodríguez-Izquierdo). Obedecemos. / Mudas hablan las flores / al fondo del oído (Antonio Cabezas García). Y aun como: Hasta las flores /silenciosas atienden / al oído interior (Rodrigo Escobar y Javier Tafur). No es agua clara del todo, pero he hecho las consultas pertinentes y estoy en un tris de desentrañar este misterio.

[3] Los poemas citados de Tomas Tranströmer son de El cielo a medio hacer, traducción de Roberto Mascaró, Nórdica Libros, Madrid, 2012.

[4] Taken Care Of: An Autobiography, Edith Sitwell, Bloomsbury Reader, septiembre de 2011. La traducción es mía. (Siempre cito al traductor. Cuando no lo hago, la traducción es mía.)

[5] Hope is the Things with Feathers (254), Emily Dickinson.

[6] El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers.

[7] The King of the Birds, «El rey de las aves», Mystery and Manners, Occasional Prose, Flannery O’Connor, Farrar, Straus & Giroux, XXX, XXX.

[8] El arpa de hierba, Truman Capote, traducción de Joaquín Adsuar, ed. Anagrama, Barcelona, 1994.

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