Objetos perdidos

Las cosas que no están son más que las que están, aunque lo cierto es que está todo aquí revuelto, pues nada ha salido de esta bola y sabemos que todo se transforma, de los muertos crecen flores.

Pues yo soy todas las cosas muertas
donde el amor forjó nueva alquimia.[1]

Sin embargo, se pierden cosas. Y las cosas que se pierden, ¿dónde están?

Hay una cascada en Minnesota. Se llama Devil’s Kettle (La caldera del diablo). En cierto punto antes de caer, el río que la forma se bifurca. Una corriente se vierte por un lado y acaba en el Lago Superior; la otra cae en un hondo agujero, por donde se esfuma. Al parecer nadie sabe adónde va a parar ese medio río. Yo creo que es el agua que nutre a las lavadoras y que en alguna parte ahí abajo millones de calcetines desparejados tratan de entenderse entre ellos (con la inestimable colaboración de alguna que otra tapa de táper.

En La tercera Virgen Adamsberg cuenta a sus hombres que tiene en casa al fantasma de la asesina santa Clarisa. Lo sabe por su vecino, un español que perdió el brazo en la guerra civil:

–[…] ¿El español está loco?
–En absoluto. Una araña le picó en el brazo que le falta. Sesenta y nueve años después, todavía le pica, y él se rasca en el aire, en un punto preciso.[2]

¿Y si en algún lugar el brazo busca, nervioso, a la araña?

Tampoco sabemos dónde están los pies de Willie, el hijo del doctor Copeland en El corazón es un cazador solitario. Wille acaba en la cárcel. Allí lo tienen tres días en una celda fría colgado de los pies. Se le gangrenan y se los cortan. Cuando vuelve a casa aún le duelen, pero es peor no saber dónde están. Todo el tiempo doliéndome los pies y yo sin saber dónde están. Nunca me los devolvieron. Están en algún punto a cientos de kilómetros de aquí.[3] Cuando Jake Blount lo visita en su casa para que le cuente su historia y hacer justicia, Willie no quiere problemas, solo quiere saber dónde están sus pies.

La cabeza de Enea Silvio, el tío de Cósimo, flota en medio del mar tras la arremetida contra los berberiscos en El barón rampante. Pero ¿dónde está ahora esa especie de boya […] una boya con cola? […] Le dio de lleno un rayo de luna, y vio que no era un objeto sino una cabeza, una cabeza con un fez con borla, y reconoció el rostro vuelto del revés del caballero abogado […], la cabeza de Eneo Silvio Carrega cortada de un golpe de cimitarra.[4]

Esa cabeza murió gritando «¡Ah, Zaira!», pero ya no decía nada, a diferencia de la cabeza de Orfeo, que llegó cantando a orillas de Lesbos, porque, aun decapitado, Orfeo canta. De hecho, Apolo la coloca en un templo y la cabeza le arrebata al público oracular. Tras eso el dios la manda callar para siempre. (Una prueba más, por cierto, de que hemos hecho a los dioses a nuestra imagen y semejanza.) A Orfeo lo desmembraron las Ménades. Las Musas recogieron sus pedazos y los enterraron en Liebetra, al pie del Olimpo, donde dicen que los ruiseñores cantan mejor que en cualquier parte.[5] Pero la cabeza y la lira acabaron en el río Hebro y de ahí pasaron al mar, que las llevó hasta Lesbos.

Dicen que Byron coleccionaba mechones de vello púbico de sus amantes en unos sobres que permanecieron en la editorial de John Murray, su editor, hasta que se desmanteló en la década de 1980. En cada sobre escribió el nombre de su dueño. Nadie sabe dónde están ahora esos sobres. He preguntado a la Byron Society pero –aún­– no he recibido respuesta.

Byron también se enterró por partes. Según unos, su corazón está en Grecia. Otros creen que en Grecia están los pulmones y la laringe, pero no el corazón. En Rest in Pieces, Bess Lovejoy afirma que Pietro Capsali, dueño de la casa donde murió Byron, dijo: Queríamos tener sus pulmones y su laringe porque él dio a Grecia su aliento y su voz.[6] Todos coinciden en que le extrajeron el corazón, el cerebro, los pulmones, los intestinos y demás órganos internos, que colocaron después en cuatro urnas. (Pero la urna con los pulmones desapareció cuando Mesolongi cayó en manos de los turcos tras un asedio dos años después de su muerte[7].) Tras quitarle los órganos, lo embalsamaron. El cuerpo se mandó en barco a Inglaterra, pero no pudo sepultarse en la abadía de Westminster, por pecaminoso.

Hardy y su primera esposa, Emma, no se quisieron al final como al principio. Ella murió y él se casó otra vez. Pero, cuando murió él, enterraron su corazón con Emma –y el resto del cuerpo, en el Rincón de los Poetas de la abadía de Westminster.

Cuando Dennis Barlow visita el Claro de los Susurros para acordar los detalles del funeral de sir Francis, le hacen muchas preguntas como esta:

–[…] Un detalle más… la dentadura postiza. ¿Llevaba en el momento de morir?
–No lo sé, la verdad.
–¿Le importaría enterarse? A menudo desaparecen en el depósito de comisaría, lo que representa un trabajo adicional para el señor Joyboy. Los seres queridos que se dan muerte a sí mismos acostumbran hacerlo con la dentadura puesta.

Bastante antes de eso sir Francis habla a Barlow de una cabeza de perro separada del cuerpo que los rusos mantienen viva por no sé qué obsceno motivo a base de bombearle sangre de una botella.[8]

Por Flannery O’Connor, que exhibió a Pathé News un pollo que andaba hacia atrás, sé que en Believe It Or Not, de Robert Ripley, hay una foto de un gallo que sobrevivió treinta días sin cabeza. Lo que no aclara es dónde acabaron la cabeza y el cuerpo.

El expediente de Mercancías Generales Abelman lo devora una rata en el cajón del archivador de Ignatius Reilly, donde él se niega a meter la mano por no contraer la peste bubónica y que la responsabilidad recaiga sobre Levy Pants.[9] Quién sabe dónde lo habrá depositado después la rata.

En La columna de sal[10], de Shirley Jackson, una pareja –señora y señor– pasa dos semanas de asueto en Nueva York. Las vacaciones son una promesa de algo bueno, pero las cosas no salen como esperaban. Un día van a Long Island, a casa de unos amigos en la playa. Dan un paseo y ven a una mujer corriendo en busca de un policía. Esta gente acude a la policía por cualquier cosa, piensa Margaret, la protagonista. Estaríamos encantados de ayudarla, si podemos, dice el marido a la muchacha.

La chica dudó otra vez.
–Bueno, si se empeñan –dijo enojada–, allí hay una pierna.

La pareja espera a que la chica se explique, pero esta se limita a decirles que la acompañen y les hace un gesto para que la sigan. Y allí, entre las dunas junto a una pequeña ensenada, hay una pierna en la arena cerca del agua. La chica la señala y dice:

–Ahí –como si fuera de su propiedad y ellos hubieran insistido en llevarse una parte.

La pareja vuelve a casa de sus amigos, les hablan de la pierna y el anfitrión se disculpa, como si fuera culpable de una falta de buen gusto al permitir que sus huéspedes toparan con una pierna. La anfitriona les dice que en Bensonhurst llegó a la orilla un brazo.

Tampoco sé dónde estarán ahora las cabezas que vende Queequeg en Moby Dick –ni, como de costumbre, sus cuerpos.

A veces se desaparece por partes; a veces, por entero. Esto es interminable; hay muchos casos. Reginald Perrin, por ejemplo, quiere esfumarse en su conjunto porque se da cuenta de que toda su vida ha estado siempre presente. Quiere saber cómo son las cosas cuando no está. Puede que ese fuera el problema. La ausencia acrecienta el cariño. Bueno, pues, cuando se ausentara, puede que se gustara un poco más.[11]

***

(Continuará, por partes, algunas –muy probablemente– perdidas.)

[La imagen que ilustra este artículo es un detalle de una lámina de Magic, un libro victoriano sobre magia. Es de dominio público, hay más y pueden verse todas en The Public Domain Review.]

[1] Un nocturno sobre el día de Santa Lucía, John Donne, la traducción es mía.

[2] La tercera virgen, Fred Vargas, traducción de Anne-Hélène Suárez Girard ed. Siruela, Madrid, 2008.

[3] El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers, traducción de Jaime Silva, ed. Bruguera, Barcelona, 1981.

[4] El barón rampante, Italo Calvino. Traducción de Francesc Miravitlles, ed. Bruguera,

[5] Los mitos griegos (vol. 1), Robert Graves, Alianza Editorial, Madrid, 1991.

[6] Bess Lovejoy, Rest in Pieces, Simon & Schuster, Nueva York, 2013. La traducción es mía.

[7] Bess Lovejoy, Rest in Pieces, Simon & Schuster, Nueva York, 2013. La traducción es mía.

[8] Los seres queridos, Evelyn Waugh, traducción de Helena Valentí, ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1999.

[9] La conjura de los necios, Kennedy Toole, traducción de José Manuel Álvarez Flórez y Ángela Pérez Gómez, ed. Anagrama, 2013.

[10] O El pilar de sal, aunque, casi mejor, La estatua de sal, dada la alusión bíblica. La traducción es mía.

[11] The Fall and Rise of Reginald Perrin, David Nobbs, Random House, 2014, la traducción es mía.

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