Un viernes Robinson cruzó

Si un libro de literatura infantil es bueno, es bueno para todo el mundo, de ahí que la literatura infantil (y juvenil) sea una paráfrasis del gato de Schrödinger: existe y no existe a un tiempo.

Con el resto de cosas, pasa lo mismo. «La gente» siempre son «los demás», claro, nunca «nosotros»; es como un banco de peces que parece una ballena y, cuando la vas a tocar, se deshace. Pero, si «la gente» son «los demás» –y, dado que para «los demás», «los demás» somos «nosotros»–, ¿dónde está entonces «la gente»? ¿Existe o es como el fin del mundo, que siempre está al otro lado?

Si la gente existe –y esto es solo una hipótesis–, entonces la gente es el otro, ergo también yo soy gente para otro. Si en lugar de ver gente viéramos a ese otro, a uno, un individuo, con sus noches de individuo y sus veranos de individuo y sus patéticas y gloriosas manías de individuo, sin un pelo en mal sitio igual a otro, puede que no saliéramos a cazar ballenas que ni lo son –«los inmigrantes» (¿no lo somos todos?), «los árabes», «las mujeres», «los judíos», «los americanos», etc.

Lo dice mejor Shel Silverstein en Lafcadio, el león que devolvió el disparo, un libro genial «para niños» que sirve para todo el mundo –incluidos empresarios de circo.

Lafcadio es un león que se convierte en cazador, cruza esa línea entre ambos, y al final no se siente ni cazador ni león, como cuando estás entre dos aguas –¿y quién no lo está, si todos venimos de algún sitio y vamos, sin excepción, hacia otro? Lafcadio no quiere disparar a los leones ni comerse a los cazadores, no es lo uno ni lo otro, no pertenece a ningún lugar. Por eso coge y se va:

Y anduvo y anduvo, y pronto oyó de lejos el ruido de los cazadores disparando a los leones y oyó el ruido de los leones comiéndose a los cazadores.
Y no sabía muy bien adónde iba, pero sabía que iba a alguna parte, porque tienes que ir a alguna parte, ¿no?[1]

¿Adónde quiero ir a parar? A ningún sitio, porque si uno quiere ir, no para, sino cruza, como Lafcadio; no se para en las categorías. De eso ya habíamos hablado: cuando en el siglo XIX se clasificó con pelo y alegría el mundo para entenderlo, empezó a dejar de entenderse, puesto que el problema de representar una raza con la imagen de un individuo es que margina al instante al resto de millones de miembros de esa misma raza[2].

Puede que quiera ir a parar a eso, a que a menudo se confunde individualista (pensar por uno mismo) con insolidario (pensar solo en uno mismo), porque también se confunde solidario con gregario, y la masa es descabellada. Pero hablan mejor los libros, incluso aunque nos empeñemos en clasificarlos.

En Diario absolutamente verídico de un indio a tiempo parcial Sherman Alexie retrata a Junior, un adolescente que vive atrapado entre blancos e indios. Junior sabe que para salir de ese dimorfismo hay que ser a rayas, moteado, un tercero; conservar unas cosas y alejarse de otras; seguir siendo tú aunque tengas trozos de todos y de todo –igual que Lafcadio–, porque, como le dice Gordy, la vida es una lucha constante entre la comunidad y el individuo. Y esa es la paradoja: si algo nos une es que todos somos individuos, pero eso es lo que perdemos al meternos en grupos.

En El niño del pijama de rayas un niño muere –y muchos– porque los adultos se han dividido en grupos. Cuando Bruno se pone el «pijama» de Shmuel para jugar en su lado de la valla, lo toman por judío y lo matan. Visto por fuera, Bruno era EL enemigo, pero es que los grupos solo dejan ver por fuera.

Su amigo se volvió en el preciso instante en que Bruno daba el toque final a su disfraz calándose la gorra. Shmuel parpadeó y meneó la cabeza. Era extraordinario. Si no fuera porque Bruno no estaba tan delgado ni tan pálido como los niños de su lado de la alambrada, habría costado distinguirlo de ellos. Casi podía decirse (o eso pensó Shmuel) que en realidad eran todos iguales. [3]

Iguales porque eran todos niños –personas, cada cual la suya–, es decir, ni arios ni judíos. Pero iguales, también, porque llevaban uniforme. Los uniformes hacen eso.

El «extranjero» Mersault de Camus dice en su celda:

El hecho de haber sido leída la sentencia a las veinte en lugar de a las diecisiete, el hecho de que hubiera podido ser otra […], de que había sido dada en nombre de una noción tan imprecisa como la del pueblo francés (o alemán o chino), me parecía que todo quitaba mucha seriedad a la decisión.[4]

Naturalmente, porque ¿qué es «el pueblo francés» (o «alemán» o «chino»)? ¿Y cómo puede encarnarse en un solo procurador que condene a Mersault? Cierto, Mersault ha cometido un crimen, en esencia el de alienarse de una sociedad mecanizada que espera de todos los individuos los mismos gestos, hecho que, por consiguiente, priva a los mismos de sentido.

Robinson, a quien aterra una huella en la playa porque es una sola y porque es de «otro» que ignora quién es, nunca cruza al otro lado, solo obliga a cruzar al suyo; no se molesta en aprender la lengua de Viernes, al que considera un salvaje, miembro de un grupo de bestias iguales que nada tienen que ver con él. Robinson se yergue en ejemplo de una raza que contempla como superior, cultivada –y cultivadora–, cuya lengua merece enseñarse, incluso a un salvaje, cuánta bondad. (Menos mal que Coetzee imaginó luego a Susan Barton de náufraga en la isla de Crusoe y quiso entender a Viernes[5], aunque este siguió sin hablar –no tenía lengua– y lo más que salió de su boca fueron unas burbujas incomprensibles para todos.)

Mary Oliver escribió en El pantano[6]:

La noche pasada, bajo la lluvia, algunos hombres treparon
por la valla de alambre del centro de detención.
A oscuras se preguntaron si podrían, y supieron
que debían intentarlo.
A oscuras treparon por el alambre, puñado tras puñado
de alambre de espino.
Y aun a oscuras atraparon a casi todos y los mandaron de vuelta
dentro del campo.
Pero unos cuantos siguen trepando por el alambre, o vadeando
el pantano azul del otro lado.

¿Cómo se siente el alambre de espino cuando lo agarras, como
si fuera una hogaza de pan o un par de zapatos?
¿Cómo se siente el alambre de espino cuando lo agarras, como
si fuera un plato y un tenedor, o un puñado de flores?
¿Cómo se siente el alambre de espino cuando lo agarras, como
si fuera el pomo de una puerta, permisos de trabajo, una sábana limpia
con la que quieres taparte?

Qué distinto si Crusoe hubiera visto al otro como uno y hubiéramos leído, por ejemplo:

Un viernes Robinson cruzó.

***

(Continuará, del otro lado.)

[La imagen que ilustra este artículo pertenece a The Life and Strange Surprising Adventures of Robinson Crusoe … Illustrated, “Major Single Works. Robinson Crusoe. Parts I, II”, de la colección digitalizada de The British Library en flickr.]

[1] Lafcadio, The Lion Who Shot Back, Shel Silverstein. La traducción es mía.

[2] Pictorial Webster’s: A Visual Dictionary of Curiosities, John M. Carrera, ed. Chronicle Books, 2009. La traducción es mía.

[3] El niño con el pijama de rayas, John Boyne, traducción de Gemma Rovira Ortega, ed. Salamandra, Barcelona, 2008.

[4] El extranjero, Albert Camus, traducción de José Ángel Valente, Alianza Editorial, Madrid, 2012.

[5] Y menos mal que Jean Rhys contó la historia de Bertha Mason (Antoinette Cosway) en Ancho mar de los Sargazos.

[6] The Swamp, la traducción es mía.

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