Crueldad deliberada, bondad espontánea

Paul-Charles_Chocarne-Moreau_The_Cunning_Thief

Por un lado está Juicio por combate, de Shirley Jackson, donde Emily Johnson descubre que su vecina, la señora Allen, le roba. No es nada importante, cosas pequeñas sin mucho valor, pero le molesta que alguien entre en su habitación cuando no está, que tenga su llave. No es que nadie tenga su llave, como le dirá después la señora Allen; es que todas las llaves de esta casa abren todas las puertas. Son cerraduras antiguas. Se lo dice cuando Emily se decide por fin a hacerle una visita. Sabe que es ella quien le roba y quiere hacer algo al respecto. Pero, por cortesía –como por cortesía no acude a la casera–, no la acusa directamente, solo le expone el problema:

–Verá, no quiero armar revuelo –dijo Emily–. Es solo que alguien ha estado entrando en mi habitación.
[…]
–Me di cuenta hace unos días. Y luego, el domingo pasado, me hallaba bajando de la azotea y vi a alguien saliendo de mi habitación.
–¿Tiene alguna idea de quién era? –preguntó la señora Allen.
–Creo que sí –dijo Emily.
La señora Allen guardó silencio un momento.
–Ya entiendo que no quisiera hablar con la casera –dijo al fin.
–Por supuesto que no –dijo Emily–. Solo quiero que no vuelva a pasar.

Emily es amable, considerada y, sin embargo, aún tendrá que serlo más cuando Jackson le dé al asunto su clásica vuelta de tuerca. Y es que, al día siguiente por la tarde, Emily descubre que le faltan más cosas. Esta vez es un par de pendientes. Así que a la mañana siguiente finge estar enferma, falta al trabajo y, cuando ve que la señora Allen deja su cuarto, se cuela en él. Y allí lo encuentra todo, pero también ve que la señora Allen, una viuda que le dobla como poco la edad y vive sola, no tiene casi nada en aquella habitación que tanto se parece a la suya. Aparte de lo que ha robado a Emily, apenas tiene dos pañuelos y un bote de aspirinas. La señora Allen regresa de la calle y sorprende a Emily frente a su tocador, con el cajón de lo hurtado abierto. Pero entonces Emily es ya del todo incapaz de acusarla, de modo que le dice que tiene un terrible dolor de cabeza y que ha entrado por unas aspirinas, eso es todo, sabiendo que no le molestaría. Efectivamente, a la señora Allen no le molesta en absoluto:

–Cuánto lo siento –dijo la señora Allen–. Pero me alegro de que pensara que había confianza.
–Jamás se me habría pasado por la cabeza entrar –dijo Emily– de no ser por este horrible dolor de cabeza.
–Naturalmente –dijo la señora Allen–. No se hable más del asunto.[1]

Emily le da las gracias y se dispone a irse. La señora Allen le dice que luego se pasará por su cuarto a ver cómo está.

Por otro lado está El invitado del Día de Acción de Gracias, de Truman Capote, que cuenta una anécdota sobre Buddy –Capote–, Miss Sook –su tía abuela– y Odd Henderson, un pequeño granuja del pueblo. Odd estudia con Buddy en la escuela y le hace la vida imposible. Sook es la única amiga de Buddy; él tiene doce años y ella, sesenta y tantos –no es tan extraño. Sook no es una niña pero tampoco es un adulto; puede que sea una niña grande o alguien que comprende demasiado bien el mundo. El abusón de Odd vive en una casa miserable donde son diez sin contar al padre, que está en la cárcel, y su madre lo lleva todo como puede. A medio relato veremos cómo es cada cuál y el auténtico carácter de Odd, que quizá necesitaba un acto de bondad. Miss Sook sabe que Buddy odia a Odd, pero cree que es porque no lo conoce. Para librarlo de su desazón, propone algo que suena paradójico: invitarán a Odd para Acción de Gracias. Buddy se niega, pero Miss Sook lo invita. Y al final lo que pasa es esto: antes de comer Buddy ve cómo Odd roba un camafeo de Miss Sook. Cuando están todos a la mesa –no menos de treinta comensales– y tío B. acaba su bendición, Buddy aprovecha la pausa dramática para decir que entre ellos hay un ladrón, acusa a Odd e insta a Miss Sook a que compruebe si su camafeo está donde siempre. Esto es lo que sucede:

Miss Sook volvió, sonriendo.
–Debería darte vergüenza, Buddy –me reprendió, agitando un dedo–. No se gastan esa clase de bromas. Mi camafeo está exactamente donde lo dejé.    Tío B. dijo:
–Buddy, quiero ver cómo te disculpas ante nuestro invitado.
–No, no tiene por qué hacerlo –dijo Odd Hernderson levantándose–. Ha dicho la verdad.
Se metió la mano en el bolsillo y puso el camafeo sobre la mesa.
–Me gustaría poder dar alguna excusa, pero no tengo ninguna.
Miró hacia la puerta y dijo:
–Debe de ser usted una dama muy especial, miss Sook, para mentir así por mí.
Y después, maldito sea, salió de allí.

A Buddy le da una rabieta y sale por la puerta. Pasa la tarde enfurruñado en un ahumadero. Piensa en huir y en matarse. Al final de la tarde, Miss Sook lo encuentra, le lleva comida y no lo riñe. Esto es lo que le dice:

–Solo te quiero decir esto, Buddy. Dos cosas malas no hacen nunca una buena. Fue una maldad por su parte coger el camafeo. Pero no sabemos por qué lo cogió. Puede que nunca pensara llevárselo. Cualquiera que fuese la razón, no puede haber sido algo calculado. Y por eso lo que tú hiciste es mucho peor: tú planeaste humillarle. Fue deliberado. Ahora escúchame, Buddy. Solo hay un pecado imperdonable: la crueldad deliberada. Todo lo demás puede perdonarse. Eso, jamás. ¿Me entiendes, Buddy?[2]

Emily Johnson es incapaz de esa crueldad, como también lo es David Turner en Like Mother Used To Make («Como lo hacía mamá»), otro relato de Jackson donde el tema de la bondad espontánea cobra otra dimensión pero que, tras deliberar con mi crueldad, hurto para otra huella.

Para acabar, lo que dice Sook es lo que dice Blanche DuBois a Stanley en Un tranvía llamado deseo cuando le habla del señor Mitchell:

Pero luego volvió. ¡Volvió con una caja de rosas para rogar mi perdón! Imploró mi perdón. Pero algunas cosas no se pueden perdonar. La crueldad deliberada no se puede perdonar. En mi opinión, es la única cosa imperdonable, y la única cosa de la que nunca, nunca he sido culpable.[3]

***

(Continuará, con deliberación y alevosía.)

[La ilustración que ameniza este artículo es un fragmento del cuadro The cunning thief («El ladrón astuto») de Paul-Charles Chocarne-Moreau (1855-1931). Es de dominio público y puede verse entero en Wikimedia Commons.]

[1] Trial by combat, «Juicio por combate», Shirley Jackson. La traducción es mía.

[2] El invitado del Día de Acción de Gracias, Truman Capote, traducción de Ángela Pérez y José María Álvarez Flórez, Editorial Lumen, Barcelona, 1972.

[3] Un tranvía llamado deseo, Tennessee Williams. La traducción es mía.

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