Literatura del recto proceder

Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que sin más ruido ni alboroto que el pasado se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que algunos no llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos, y con tono algo gangoso dijo:

—Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
—Sí tengo —respondió Sancho—, mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?
—En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar —respondió don Quijote.[1]

Arranco con el Quijote porque el asunto que me ocupa hoy –y que, para ir bien, espero me ocupe y desocupe a diario– no es para tomarlo a la ligera. De hecho, no es para tomarlo. O sí. A los pedantes –pun intended– les parece poco serio. Pero eso es porque, como dice Okakura, nombre que viene como anillo (ay) al dedo, quienes no ven el sentido tragicómico de la vida es porque les falta té. Los desconsiderados, en cambio, tienen demasiado té[2]. Sin embargo, el teísta sabe que no hay nada más serio que el humor. El té, por cierto, es astringente pero diurético, así que de humores no carece, como conviene al taoísmo.

Si fuera Nick Corey[3] llamaría sin reparos a este artículo Literatura de mierda, y no sin razón, pero me pareció mejor servirme de las sutiles moléculas[4] del Quijote. El canto de Orge, de Bertolt Brecht, explica muy bien qué une a Jim Thompson y a Cervantes, que es lo mismo que nos une a todos:

Orge me dijo:

1
Que el sitio preferido que él tenía en el mundo
no era el banco en la hierba junto a la tumba de sus padres.

2
Orge me dijo que su sitio preferido
en el mundo siempre fue el retrete.

3
Decía que es un sitio en el que se está a gusto,
pues encima hay estrellas y debajo excremento.

4
Sitio sencillamente maravilloso, donde
cuando uno ya es adulto, puede quedarse solo.

5
Un sitio humilde donde con nitidez descubres
que eres solo un humano, que con nada se queda.

6
Un sitio donde, al par que el cuerpo descansa,
se hace algo suave pero con vigor por uno mismo.

7
Un sitio de sabiduría donde a tu barriga
la puedes preparar para nuevos placeres.

8
Y no obstante, allí reconoces lo que eres:
un tipo que en el retrete —¡traga![5]

Antes de volver a Japón, país exquisito y escatológico a nalgas iguales, y por tanto excelente ejemplo de zen con posos de tao, dejaré que Nick Corey explique por qué se huelen los canes las posaderas:

Le dije que, bueno, según el cuento, todos los perros del mundo sostuvieron un conciliábulo al principio de los tiempos para establecer una norma de conducta, por ejemplo que no estaría bien que se pegasen bocados en los cojones y cosas así. Y había un perro que tenía un manual de urbanidad que había conseguido no sé dónde, quizá en el mismo sitio donde Caín consiguió a su mujer. De modo que automáticamente se convirtió en presidente y lo primero que hizo fue nombrar comité del culo a todos los reunidos. Compañeros —dijo—, chuchos de la sala. No quiero pisar la pata de ningún perro honorable, de manera que diré lo que sigue. Cuando volvamos a entrar en las habitaciones llenas de humo para organizarnos políticamente, estoy seguro de que no querremos otro olor que el del humo, así que pienso que lo mejor será que amontonemos nuestros ojetes en el exterior; y si alguien quiere presentar una moción al respecto, la secundaré con mucho gusto. Bueno, pareció a todos una idea tan excelente, que todos y cada uno de los perros de la convención se levantaron para presentar la moción, así que el presidente la juzgó aprobada por unanimidad y hubo una breve demora mientras todos los perros salían a amontonar sus ojetes. Luego volvieron a entrar para encarar sus asuntos. Y que me cuelguen si no estalló una tormenta de mil diablos y tan violenta, que se llevó y esparció los ojetes por todas partes, confundiéndolos tanto que ningún perro pudo encontrar el suyo. Por eso siguen todavía hoy olisqueando culos y es probable que sigan haciéndolo hasta el fin de los tiempos. Porque un perro que ha perdido el culo no puede ser feliz, aunque todos los culos se parezcan bastante y el que tiene funcione a la perfección.

—Lo que quiero decirte, Buck —dije—, es que te contentes con tu propio culo y dejes en paz el de Ken. A pesar de todo lo que sabes, puede que él coma algo peor que mierda, y acaso yo también lo haga, y tú serás mucho más feliz quedándote donde estás.[6]

Quizá nos quiten el ojete al nacer para limpiarnos y luego nos den el de otro, y por eso vamos por ahí oliendo culos en busca del nuestro, de lo nuestro, o, engañados por los sentidos, creemos oler nuestro recto donde solo prospera la mierda de otro, que es como aquello de confundir la intuición con el yo. Y pardon my French.

Cuando Agatha Christie cumplió cinco años le regalaron un perro. Se emocionó tanto que tuvo que retirarse al baño para digerir la información. Según ella, el lavabo era el lugar perfecto para meditar, pues nadie podía seguirte allí. Entonces los excusados eran confortables –escribió–, casi como apartamentos. Una vez dentro, bajó la tapa de caoba, se sentó, miró sin ver el mapa de Torquay que colgaba en la pared y se hizo a la idea: Tengo un perro… un perro.

El japonés Sõseki Natsume tenía un gato que se olía lo más oscuro:

Enseguida llegó la criada con una tarjeta de visita en la mano. Mi amo cogió la tarjeta y la leyó, un poco sorprendido. Mandó que atendieran al huésped y, con la tarjeta en la mano, se dirigió al excusado.
La entrada en el excusado me pareció un enigma por lo intempestiva. Tampoco fui capaz de averiguar el motivo de llevar la tarjeta del señor Tôjûro Suzuki a un lugar tan maloliente. De todos modos, fue la tarjeta la que sufrió las consecuencias de aquella entrada en el jardín hediondo.
 […]
Mientras se desarrollaba aquella tragicomedia pantomímica, mi amo salió del excusado, ajustándose la ropa.

–¡Bien, hombre…! –dijo mi amo tan pronto como se sentó. Ya no tenía la tarjeta a la vista. Al parecer, el nombre de Tôjûro Suzuki había sido condenado a la hediondez perpetua.[7]

Jonathan Swift arrostró el asunto sin ambages en Los viajes de Gulliver:

Llevaba varias horas sumamente urgido por las necesidades naturales, lo que no tenía nada de extraño, pues hacía ya casi dos días que no había evacuado. Me hallaba por ello en la mayor de las dificultades entre la urgencia y la vergüenza. La mejor solución que se me pudo ocurrir fue gatear al interior de mi casa, cosa que, en consecuencia, hice. Cerrando la puerta tras de mí, me aparté cuanto me permitía la longitud de mi cadena y descargué mi cuerpo de tan molesta carga. Fue esta la única vez que me hice culpable de una acción tan sucia, por la que no puedo sino esperar que el amable lector me conceda cierta indulgencia, una vez que haya considerado detenida e imparcialmente mi caso, así como el aprieto en que me hallaba. A partir de ese momento mi costumbre habitual fue, tan pronto como me levantaba, llevar a cabo tal menester al aire libre, a la mayor distancia que me permitía mi cadena al extenderse; cada mañana se tomaban las medidas necesarias para que, antes de que apareciera concurrencia alguna, dos criados destinados a tal propósito transportaran lejos en unas carretillas tan desagradable elemento.[8]

Por algo con el all ‘brown’ la cosa va swift.

Dada su naturaleza, la cuestión trae cola. Regoldarla aquí por entero sería imposible y fétido. No en vano el intestino es el órgano más largo del cuerpo, de ahí su catedralicia reverberación. Quevedo fue muy objetivo sobre el tema. Cela no lo sufrió en silencio (no hablo de la palangana, sino de su Ay, almorrana, almorrana… tienes nombre de manzana). Y de todos es sabida la faceta escatológica del epistolar Mozart.

Así que esto es solo una muestra, un puntito de más, la cagada de mosca de Ambrose Bierce:

Cagada de mosca, s. Prototipo de la puntuación. Observa Garvinus que los sistemas de puntuación usados por los distintos pueblos que cultivan una literatura, dependían originalmente de los hábitos sociales y la alimentación general de las moscas que infestaban los diversos países. Estos animalitos, que siempre se han caracterizado por su amistosa familiaridad con los autores, embellecen con mayor o menor generosidad, según los hábitos corporales, los manuscritos que crecen bajo la pluma, haciendo surgir el sentido de la obra por una especie de interpretación superior a, e independiente de, los poderes del escritor. Los «viejos maestros» de la literatura —es decir los escritores primitivos cuya obra es tan estimada por los escribas y críticos que usan luego el mismo idioma— jamás puntuaban, sino que escribían a vuelapluma sin esa interrupción del pensamiento que produce la puntuación. […] Los modernos investigadores, con sus instrumentos ópticos y ensayos químicos, han descubierto que toda la puntuación de esos antiguos escritos, ha sido insertada por la ingeniosa y servicial colaboradora de los escritores, la mosca doméstica o Musca maledicta. Al transcribir esos viejos manuscritos, ya sea para apropiarse de las obras o para preservar lo que naturalmente consideraban como revelaciones divinas, los literatos posteriores copian reverente y minuciosamente todas las marcas que encuentran en los papiros y pergaminos, y de ese modo la lucidez del pensamiento y el valor general de la obra se ven milagrosamente realzados. Los autores contemporáneos de los copistas, por supuesto, aprovechan esas marcas para su propia creación, y con la ayuda que les prestan las moscas de su propia casa, a menudo rivalizan y hasta sobrepasan las viejas composiciones, por lo menos en lo que atañe a la puntuación, que no es una gloria desdeñable. Para comprender plenamente los importantes servicios que la mosca presta a la literatura, basta dejar una página de cualquier novelista popular junto a un platillo con crema y melaza, en una habitación soleada, y observar cómo el ingenio se hace más brillante y el estilo, más refinado, en proporción directa al tiempo de exposición.

Y también es lo que algunos llamarían, à la grosera, un «pedo pintor», que, como todo el mundo sabe, es el rastro que deja la cabeza del topo cuando asoma, ustedes ya me entienden. Pero, siendo como es nuestro objetivo la belleza, lo dejaré por ahora en que el sublime arte «culinario», por ejemplo, no recibe ese nombre por casualidad, sino por causalidad. Si se prefiere una imagen, baste decir que nuestra sombra parda es a la loza blanca de la taza lo que el encaje de Bruselas al cristal de la copa de cerveza, lo que el poso del té a la cerámica o, en compendio: que es el sillage, esa estela de lo que primero entró.

Hablando de comida, cuentan que Empédocles, filósofo cuyo nombre se da aires de meteorismo, prohibió a sus discípulos comer judías, fiel a la observancia de Pitágoras. Hay quien dice que eran habas, pero nunca te las hagas. Otros defienden que alubias, mas solo dan cosas turbias.

***

(Continuará, en otro apretón.)

(Gracias a la magnífica web OpenCulture, ahora –5 de marzo de 2016– este artículo tiene BSO, directa de El jardín de las delicias de El Bosco.)

[La imagen que ameniza este artículo es una lámina del rollo –(*x*)– ilustrado del período Edo He-Gassen, de glorioso nombre y autor desconocido. Representa una batalla de gases o, como describe mejor el inglés, The Fart of War. Salió de la web de la biblioteca de la Universidad de Waseda, que para deleite nuestro lo digitalizó.]

[1] Don Quijote de la Mancha, parte I, capítulo XX,«Aventura de los batanes», Miguel de Cervantes, edición de Martín de Riquer, ed. Planeta, Barcelona, 1997.

[2] El libro del té, Kakuzo Okakura, ed. Océano, XXX.

[3] Protagonista de 1.280 almas, estupenda novela de Jim Thompson.

[4] Para moléculas, las de la película La tormenta de hielo:

A través de ellas nos relacionamos con el mundo más allá de nuestro cuerpo. Por ejemplo, cuando olemos algo. Porque cuando inhalamos un olor, no se trata solo de un olor; es parte de un objeto que se ha desprendido: las moléculas. Así que, cuando percibimos algo que huele mal, es como si nos lo comiéramos. Por esa razón, no deberíamos oler las cosas, como no nos comemos todo lo que hay a nuestro alrededor, ya que en forma de olor penetra en el interior de nuestro cuerpo. De modo que, cuando entréis en el baño después de que alguien haya estado antes, recordad qué clase de moléculas estáis comiendo en realidad.

[5] Más de cien poemas, Bertolt Brecht; selección y epílogo de Siegfried Unseld; traducción de Vicente Forés, Jesús Munárriz y Jenaro Talens; ed. Hiperión, Madrid, 1998.

[6] 1.280 almas, Jim Thompson, traducción de Antonio Prometeo Moya, ed. Diagonal, Grup 62, Barcelona, 2003.

[7] Yo, el Gato, Sõseki Natsume, edición y traducción de Jesús González Valles, ed. Trotta, Madrid, 1999.

[8] Los viajes de Gulliver, parte I, capítulo II,«Un viaje a Liliput», Jonathan Swift. Creo recordar que la traducción corresponde a una edición de la colección Austral que pasó por mis manos. Curiosamente, en la que tengo ahora en español, una edición de Joaquín Gil con «traducción íntegra del inglés por Juan G. de Luaces» (Barcelona, 1945), no consta ese fragmento escatológico. ¿Fue un error o se suprimió por considerarse ofensivo? Teniendo en cuenta la fecha de publicación, me inclino por lo segundo. En otras palabras, la falta huele a censura. Yo creo que a Swift le habría parecido de mal gusto. Ignoro si se suprimieron otros pasajes del mismo corte vertical.

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