La hipocresía es un estado permanente

Teatro / ‘El negro es un color’, en Nave 73, retrata la lucha por la esperanza de quién no tiene nada que perder

Imagen de las tres protagonistas femeninas del montaje de La Triga Teatro / Foto: Sara Batuecas

Ciento cincuenta prostitutas se encierran en la iglesia parisina de Saint-Nizier como protesta por la oleada de asesinatos que van sucediéndose con ellas como víctimas sin que parezca importarle mucho a nadie. Ni a la policía. Ni a la Justicia. Ni al Gobierno. Estamos en junio de 1975. Pero podríamos estar en abril de 2018 en cualquier país del mundo. Encontraríamos ‘colectivos’ de sobra que ven como sus derechos – y a veces sus vidas- son pisoteados sin respuesta efectiva de quien debería defenderles. Podemos cambiar a las prostitutas francesas del ’75 por los refugiados sirios, irakíes, afganos… O por las mujeres de Ciudad Juárez. O por todos aquellos que, en la base más sórdida de la pirámide laboral, deben incluso pagar para poder luego ser explotados, como las ‘kellys’ o los ‘ryders’.

Son los mismos de siempre. A todos ellos representan estas 150 prostitutas que Néstor Villazón (autor) y Gloria Martín (directora) toman como excusa para subir al escenario de Nave73 El negro es un color, un retrato de la hipocresía que impera a sus anchas en nuestra sociedad (representada por la figura de un periodista que quiere darles voz, pero en realidad juzga a esas mujeres; que las teme pero que se siente atraído al mismo tiempo). Y también, en cierto modo, un canto a la esperanza. La esperanza de que quizás es posible cambiar las cosas luchando. En todo caso, no hay otra opción. No para los de siempre, los de abajo.

Interpretada por Shandra Sánchez, Noelia Fontarigo, Isabel Arenal y Antonio Martín, el montaje de La Triga Teatro tiene un arranque potente, recibiendo al público con desparpajo, situándolo rápidamente en una calle cualquiera, de noche, con tres prostitutas alentando a posibles clientes. Es la cara dura, sin concesiones, de mujeres con una pantalla de acero para ejercer ‘el oficio más viejo del mundo’, dicen, y sin duda uno de los más peligrosos. “La sociedad nos necesita”, asegura Ulla, la líder del movimiento de protesta. Y la misma sociedad las condena. O mira hacia otra parte cuando las matan.

Poco a poco, dentro de una iglesia concebida con dos recursos escenográficos simples pero efectivos, vemos la otra cara de esas mujeres: su historia personal, sus miedos y desgarros, su escepticismo hacia la posibilidad de conseguir algo con el encierro, su determinación a no dejarse pisar y a reivindicarse. Y a no dejarse ‘salvar’ por los bienpensantes que, lejos de respetarlas, las juzga dando por hecho que “si son putas es porque quieren”.

Las interpretaciones son más que correctas, en un texto difícil, emotivo, con unos personajes nada fáciles de articular sin caer en la exageración. La dirección consigue, en casi toda la hora y cuarto que dura el montaje, mantener una cierta tensión, aunque quizás le falta elaborar un poco el crescendo que permitiría dejar al público clavado en su butaca cuando llegamos al desenlace del encierro en Saint Nizier. Una apuesta sin duda valiente de La Triga Teatro que tiene, todavía, mucho recorrido.

De momento, puede verse los próximos sábados 21 y 28 de abril en Nave 73 a las 20.00h.

Para saber más: El negro es un color