Vicente Verdú, la libertad que dan los años

El periodista y escritor publica La muerte, el amor y la menta, su segundo libro de poesía

Escribe poemas como quien se deja llevar por la corriente -a veces suave, otras impetuosa- de un río interior, sin más propósito que el de plasmar emociones. A sus 75 años, “desprendido de la pompa y la gloria”, el periodista, sociólogo y escritor Vicente Verdú (Elche, 1942) afronta el proceso creativo sin corsés ni ataduras, despreocupado ya de la opinión ajena.  Contaba el pintor francés Henri Matisse que solo tras superar una delicada operación quirúrgica a la que estuvo a punto de no sobrevivir supo lo que quería expresar con su arte. “Esa es mi sensación con la poesía”, señala Verdú, “que he dicho lo que quería decir sin pretender decirlo de antemano”.

El que fuera jefe de Cultura y de Opinión de El País, diario en el que mantiene una columna semanal donde, dice, se desahoga, acaba de publicar La muerte, el amor y la menta (Bartleby Editores), su segundo poemario después de aquel que allá por 1971 titulara -con un verso que tomó prestado a su amigo Vázquez MontalbánSi usted no hace regalos le asesinarán. Entre medias ha ido sembrando el camino con otros treinta libros, en su mayoría ensayos sobre la sociedad en la que vivimos.

Los poemas que ahora salen a la luz brotaron como válvula de escape al cáncer y la quimioterapia, en ese tiempo raro en el que se abren de par en par los balcones para que entre con toda su intensidad la vida y se siente trepar como mala hierba el temor a la emboscada de la muerte. “Durante meses escribí un poema diario y cuando tuve toda esa masa, fui desbrozando y construyendo lo que después ha sido este libro”, expuso Verdú durante la presentación de su poemario en La Casa Encendida, en una charla con el filósofo Ángel Gabilondo y el poeta Manuel Rico, trufada de imágenes en pantalla grande de algunos de los cuadros que ha pintado -otra de sus pasiones- en los últimos meses.

El amor y el deseo

Escribió a borbotones. Tanto que acabó dedicándole el libro a la correctora en desagravio por el padecimiento causado. “Cuando empezaba un poema, las palabras se iban llamando unas a otras”, cuenta. “Y en la pintura lo mismo, iba directo al lienzo, sin proyecto previo”. Rechaza  las interpretaciones analíticas de su trabajo porque entiende que carece de narrativa. “¿De qué va su obra?, me preguntan. No va de nada”.

Ve el autor semejanzas enormes entre un poema y un cuadro, matizadas si acaso por los cauces del proceso creador. “¿La escritura es como el amor y la pintura es como el deseo?”, reflexiona. “Puede ser. La escritura es más estricta, no puedes saltarte la sintaxis, y el amor también es muy exigente con las reglas, mientras que la pintura es espontánea, como el deseo, con menos límites”, concluye.

Si al final de la vida se halla la conciencia de la libertad, como dice en un verso, Verdú la ha sabido encontrar. Una gran ventaja de la edad es la adquisición de la libertad”, asegura, “depender del juicio de los demás es una forma de acercarse a la muerte. Ya la propia expresión ‘el juicio de los demás’ transmite en sí misma una idea que repele”, añade. Reconoce que atreverse a publicar le hace vulnerable al tiempo que le alimenta la fortaleza. Y si de joven se repitió como si quisiera grabarlo en mármol que viviría de la escritura, hoy proclama convencido que puede morir en paz porque ha entregado todo lo que ha podido. Entre tanto, con otro verso anuncia que “si vivo al menos un año y medio más” conducirá un coche azul metalizado.