La biblioteca como geografía personal

La Casa Encendida inaugura la muestra colectiva 'Bibliotecas Insólitas', un canto al libro y a la edición de artista

'Concierto para puño alzado' (2007), de Juan Pérez Agirregoikoa / Foto: LLA

El amor por los libros, por el saber que guardan, tiene quizás su máxima expresión en las bibliotecas. Un impulso, el de aglutinar entre cuatro paredes todo el conocimiento disponible, que el ser humano ha sentido desde el principio de la escritura. Desde las primeras bibliotecas mesopotámicas hasta los ‘templos’ en los que se han convertido hoy en día, con los mejores arquitectos contemporáneos luchando por idear espacios de recogimiento, sostenibles y sugerentes para ese rito que sigue siendo acariciar las páginas de un libro o, desde hace poco, acceder a un saber casi infinito gracias a la nube digital.

Pero hay otras bibliotecas, más íntimas, que conforman la geografía humana de cada uno de nosotros. Las bibliotecas particulares, grandes o pequeñas, que todas y todos (o así debería ser) vamos ampliando con mimo a lo largo de la vida. Organizadas, caóticas, eclécticas, obsesivas… la biblioteca personal es un viaje íntimo por aquello que hemos leído, que nos ha modificado, que nos ha transitado. Y es en este sentido, que cada biblioteca es única. No existen dos iguales. El modelo es infinito. Y muchas de ellas son insólitas.

Bibliotecas insólitas es la muestra colectiva que desde hoy y hasta el 10 de septiembre podemos disfrutar en La Casa Encendida. Comisariada por Glòria Picazo, en ella podemos ver diversas obras de arte que reflexionan sobre la idea de biblioteca. Pero, es más: vemos cómo distintos artistas crean su propia biblioteca a través, por ejemplo, del coleccionismo que les inspira la creación de sus obras. Un círculo virtuoso que transita por el concepto de biblioteca. De biblioteca insólita.

Oriol Vilanova, por ejemplo, en la pieza que exponemos coloca ediciones propias, pero a la vez nos enseña una colección que está haciendo de catálogos publicitarios de finales del siglo XIX hasta ahora que para él son una fuente de inspiración, de trabajo, de reflexión… Esta es una de las bibliotecas insólitas personales”, reflexiona la comisaria de la exposición Glòria Picazo.

Picazo es una experta en lo que se conoce como ediciones de artista. Básicamente, los tradicionales catálogos que toda exposición edita para acompañar una muestra y que el visitante adquiere como recuerdo visual – y de conocimiento – de esa exposición que es, por definición, efímera. El catálogo, no. Pero la idea de catálogo también está cambiando.

Muchos artistas prefieren una edición que acompañe al proyecto en vez del catálogo tradicional de foto más texto”, explica Picazo. “Tus propios dibujos pueden convertirse en un libro popup, por ejemplo, que será el catálogo de la exposición. Se trata de artistas para los que la edición es importante. El sentido de lo que todos tenemos en la cabeza de lo que es un libro también se expande. Eso es algo que se ve a lo largo de la exposición”.

Es el caso, por ejemplo, de la obra que podemos ver de Juan Pérez Agirregoikoa en la que especula sobre el formato de sus ediciones-catálogo. En Concierto para puño alzado (2007), el catálogo que repartía a los asistentes cuando se presentó al público era una bolsa elaborada por el propio autor y que contenía tres carteles y el DVD que se exponía con el concierto realizado por una coral de cámara interpretando canciones populares reelaboradas con textos filosóficos. “Eso era el catálogo, una obra en él mismo. De hecho, te llevabas a casa una mini exposición de Agirregoikoa”, apunta la comisaria de Bibliotecas Insólitas. “Rompen con las convenciones. No hay formatos, las ediciones se expanden. Es por traerse la edición a su propio discurso artístico. El catálogo no es una convención sino un acto creativo”.

Artistas como Ed Ruscha, Lawrence Weiner, Dieter Roth, Sol LeWitt, James Lee Byars, Marcel Brooodthaers (del que pudimos ver la antología más completa en el Reina Sofía el pasado otoño) o, ya en España, Isidoro Valcárcel, Concha Jerez o Eugenia Balcells produjeron libros de artista que con el paso de los años llegaron a convertirse en obra cruciales en sus trayectorias artísticas.

La muestra, coproducida con el Centre Arts Santa Mònica de Barcelona y en colaboración con la Biblioteca y el Centro de Documentación del Museo Reina Sofía, está compuesta por ediciones de artistas e instalaciones al entorno de la idea de biblioteca de Ignasi Aballí; Clara Boj y Diego Díaz; Iñaki Bonillas; Fernando Bryce; Dora García; Javier Peñafiel; Juan Pérez Agirregoikoa; Antònia del Río; Francesc Ruiz; Oriol Vilanova; y Damián Ortega.

El Infierno

Bibliotecas insólitas guarda una última joya: la escenificación de lo que hace siglos en las bibliotecas se llamaba el Infierno y que ahora, con otra utilidad bien distinta, recibe el nombre de sala de reserva.

Las salas de reserva, presentes en las bibliotecas más relevantes, son espacios aislados en los que se exigen protocolos estrictos para la consulta de los libros que albergan. Son libros que destacan por su antigüedad, su excepcionalidad o su fragilidad. Pero antes, en las salas de reserva o infiernos lo que se confinaban eran aquellos libros prohibidos: fondos procedentes de depuraciones políticas y apartados de la circulación pública por motivos religiosos, políticos o por ser considerados irreverentes o sacrílegos. Por ejemplo, Las flores del mal, de Charles Baudelaire, que fue a parar al infierno de la Biblioteca Nacional de Francia en 1857.

El infierno…libros prohibidos metafóricamente quemados en el fuego devastador del pecado…Algo que, siglos más tarde, aplicó literalmente el régimen nazi siguiendo las mismas directrices que mucho antes provocó, probablemente, el incendio de la biblioteca de Alejandría: destruir el conocimiento que nos hace pensar, que nos hace críticos y por tanto, libres.

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