El Hombre Rayo existe y está aquí, en Arganzuela

César Fernández dirige este taller de arte para niños reivindicando las artes plásticas para los más pequeños

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España puede felicitarse. Los datos del último informe Pisa (Informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes) demuestran que nuestro país se encuentra parejo a la media de los países de la OCDE en las tres competencias evaluadas: ciencia, comprensión lectora y matemáticas. El único pero, por decir algo, es que los resultados de la media de la OCDE han disminuido en los últimos años y que nuestro entorno cercano nos está igualando a la baja. Desde que se empezaron a realizar esta pruebas en el año 2000, tres han sido las áreas a evaluar y siguen siendo las mismas 17 años más tarde. Es decir, las competencias artísticas quedan fuera de este baremo, porque será la más fea de las princesas, o porque quizá no sea ni tan siquiera princesa.

Sin embargo, en un informe llevado a cabo por E. Winner, T. Goldstein y S. Vincent-Lancrin en 2014 bajo el auspicio de la OCDE (“¿El arte por el arte?”) se reitera la importancia de la enseñanza artística debido a las habilidades intrínsecas que derivan de esta como el aprendizaje en la utilización de herramientas y materiales, en la mejora de la participación y perseverancia, imaginación, expresión, observación, reflexión, exploración y compresión del mundo artístico. Incluso se reconoce la influencia beneficiosa en otras disciplinas no artísticas, aunque hasta el momento se desconoce la relación que subyace.

En Arganzuela no contamos con galerías de arte, pero por suerte tenemos  desde hace tres años un taller de arte para los más pequeños de la casa dirigido por César Fernández Arias, El Hombre Rayo. En palabras de su director se trata de “un laboratorio de creación” y no de una academia al uso. “Un taller de pintura y construcciones, donde se den los primeros pasos de la creación y en el que durante un rato los más pequeños se sientan artistas”. Se encuentra bien ubicado, en la calle Alejandro Ferrant, 11, tocando a Legazpi. Los talleres se imparten para grupos de niños desde los cinco años todos los sábados de 11h a 13h. Y la muy atractiva posibilidad de celebrar el cumpleaños de los más pequeños divirtiéndose y creando juntos. Comprobar los efectos beneficiosos del arte no puede ser más fácil.

Sembrar el gusto por el arte desde el principio

César Fernández tiene una dilatada carrera como artista y educador. Compagina su faceta de escultor con la de docente, impartiendo clases en SUR, Escuela de Profesiones Artísticas en el Círculo de Bellas Artes, y en otras entidades. Pronto se dio cuenta de la necesidad de acercar el arte a los niños y así lo hizo desde el Círculo de Bellas Artes, en una época en la que los departamentos de educación no existían aún en los museos españoles. “Desde siempre quise acercar el disfrute y la expresión artística más pura. Porque si a los niños les dejas respirar sale algo auténtico”.

Pone a la alcance de su público infantil todos los materiales necesarios para sentirse un auténtico artista, los materiales de calidad que utiliza él cada día. “Al principio hay un momento de ebullición. Se comparten ideas, algunos cantan. Cuando se ponen a trabajar se sienten libres y les gusta lo que hacen. Entonces lo que más les preocupa es llevarse la obra en la que están trabajando. Es cierto que los niños repiten. Podría decir que tengo un grupo de fieles”.

Fernández reivindica la importancia de la enseñanza de las artes plásticas en las aulas de primaria. “Las clases de plástica en los colegios no tienen ningún peso. Los niños hacen las mismas representaciones porque los profesores les preparan fichas didácticas. Y sin embargo, creo en la educación por el arte y en que hay que implementar curricularmente las clases de arte. Los niños tienen que dibujar, porque ahí crean su imaginario, su mundo pequeño y delicado. Con el dibujo se liberan, sin olvidar que es el lenguaje natural del niño, frente al lenguaje verbal más abstracto de los adultos”. Para el director de El Hombre Rayo el arte tiene beneficios terapéuticos: “Sirve para enfatizar la autoconfianza del niño. Ante buenos estímulos, los niños funcionan muy bien. Ellos son los dueños de sus decisiones y yo sólo les guío y doy soluciones técnicas. Estimulo la expresión plena y así llegan a reforzar su confianza y olvidar sus defectos. Si a un niño le encomiendas una tarea funciona mejor haciendo de detectives, tomado sus propias decisiones”.

Siguiendo esta filosofía, el espacio que ocupa el taller es un lugar amplio y cómodo. Se respira libertad creativa y profesionalidad. Las estanterías guardan materiales que invitan a comenzar en un proceso que nunca se sabe a donde te puede llevar. “Para mí lo importante es que disfruten el instante de la creación y se expresen artísticamente. Si no descubres las cosas por ti mismo, no las disfrutas y no llegas a aprenderlas. Lo importante es que uno indague”, asegura Fernández.

Ante una sociedad cada vez más tecnificada, los pequeños son las mayores víctimas ante su desconocimiento de otros mundos, habilidades y entretenimientos posibles. Para Fernández la respuesta es sencilla: “Lo virtual está muy bien, pero lo analógico tiene que estar primero. Uno de los ejercicios que propongo a mis grupos es que conviertan un objeto que yo les doy impreso en un nuevo objeto. Es un juego mental, que a los niños se les da muy bien”. ¿Su leitmotiv?  “No hay que olvidar en ningún momento que los niños son los adultos del futuro y que la educación no tiene una respuesta inmediata, requiere su trabajo y mucho tiempo. Hay que dejar la pelota en el tejado del niño y con paciencia aparece lo interesante”.

 

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