El Swing, Arganzuela y el nuevo Harlem

Hijo del Blues y el Jazz, el Swing arraiga en Arganzuela con dos escuelas de baile y una pasión popular que no hace más que crecer

Imagen de una de las veladas colectivas que Big Mama Swing programa periódicamente / foto: César Díaz Quiroga

En Arganzuela resuenan los ecos de un ritmo perdido en el tiempo que ha renacido insospechadamente en este siglo XXI: el Swing. Este estilo surgido de la Gran Depresión de los años treinta en Estados Unidos, hijo del Blues y del Jazz, se ha convertido en uno más de sus vecinos mediante la proliferación de varias escuelas que promueven una intensa actividad y una animada vida social en torno a este baile. Es ‘el nuevo Harlem’, como ya le llaman algunos, que se completa con otros locales surgidos en el vecino Lavapiés.

El Swing fue, durante su época dorada (finales de los ’30 y comienzos de los ’50), el rey de la pista de baile en todo el mundo. A diferencia de sus solemnes padres, el Swing era un hijo inquieto, capaz de ampliar a 18 los miembros de una big band duplicando la presencia de instrumentos. La presencia de imponentes riffs y su ritmo, en ocasiones endiablado, fueron precursores del Rock primigenio.

Big Mama Swing

Este ritmo pegadizo, rapidísimo en ocasiones y sensual en otras, es el que encontramos en las dos escuelas que existen en Arganzuela. Ambas tienen unas propuestas definidas y una pasión en común: bailar. Una de ellas es Big Mama Swing (Sebastián Elcano, 12), proyecto que nace en 2013, producto de un sueño imposible llevado a cabo por Gastón y Alba, dos enamorados de este adictivo estilo de vida. Gastón es una enciclopedia del Swing. “La decadencia del Swing se produce en los 50, cuando ya no era rentable contratar bandas de 18 músicos y las salas de baile comienzan a elegir combos u otras formaciones más económicas. En paralelo, la sociedad se transformaba y la gente encuentra otras ofertas de ocio como los bolos, el cine o el billar”. A pesar de todo ello, el baile sobrevivió. En los 80 tuvo un serio resurgir, en los 90 el repunte se hizo más notable hasta llegar a la explosión vivida en los 2000.

Fue precisamente en el cambio de milenio cuando Gastón, argentino, descubrió esta forma de vida en la universidad. Llegó a él tras iniciarse en el baile de salón como reto. “Conocí al primer bailarín de Swing de Argentina y me enganché enseguida. Yo me había propuesto aprender a bailar tango, rock y salsa pero aquello me sedujo. Era muy dinámico, acrobático y con una música que me gustaba más”. Años después coincidió con una madrileña de nombre Alba en Londres. Ambos compartían su afición obsesiva con el Swing y poco después se convirtieron en pareja de baile. El embrión de Big Mama Swing se gestó entre las dudas de dedicarse profesionalmente a ello o abandonarlo todo por un trabajo estable. Mientras, Gastón hacía constantemente el viaje Argentina – Europa. “Es un hecho que actualmente Europa es la capital mundial del Swing”.

Y tras muchos años soñando con abrir una escuela de baile, la pareja abandona sus respectivos trabajos, se mudan a Arganzuela y, tras una importante inversión, inauguran hace tres años Big Mama Swing. Comenzaron con tres clases por semana y 40 alumnos en total. Hoy casi no dan a basto con 360 alumnos casi todos los días de la semana, además de clases puntuales en lugares como Australia, Francia, Estados Unidos o Alemania y varias actividades relativas al baile social. Tampoco descuidan su propia carrera como bailarines.

Nos preguntamos por qué eligieron Arganzuela en este camino trazado por el Swing. “Yo le llamo el nuevo Harlem porque entre Lavapiés y Arganzuela suman cinco escuelas de Swing y todo un movimiento consolidado en torno a ellas”, cuenta Gastón. “Elegimos Arganzuela por una serie de factores influyentes. Uno de ellos es la cercanía del centro y la idiosincrasia del barrio, un lugar tranquilo que emparenta bien con el Swing. Arganzuela ha entendido al Swing y lo ha aceptado. Los vecinos se acercan cada vez más empujados por la curiosidad. El último factor importante era la oferta de locales de tamaño adecuado que existían a un precio razonable”.

El barrio responde a la llamada del viejo Swing debido a que “este baile es lo que es por lo que lleva detrás, sin la cultura Swing no tendría el mismo encanto”, asegura el fundador de Big Mama Swing. Una cultura ligada al hedonismo, a compartir, a la diversión sin prejuicios. Por ese motivo, el Swing cayó de pie en Arganzuela. La gente que se inicia tiene un perfil bastante claro: entre los 20 y 30 años, con estudios universitarios, nivel adquisitivo medio-alto y un amplio bagaje cultural. “Después de iniciarse la gente se engancha. Hay gente que se inicia más tarde pero no antes de los veinte. Apenas hay adolescentes que bailen Swing”, confirma Gastón.

Big South

En la calle Laurel, 14 encontramos otra escuela de Swing en ese Harlem madrileño llamado Arganzuela. La fundación de Big South también supone una historia de amor entre una pareja y el Swing.  Pablo y Julia fundan esta escuela en 2012, tras varios años buscando la manera de poder vivir de su pasíón por el Lindy Hop. Cuatro años más tarde, se han asentado en el barrio completamente merced a su intensa agenda completa prácticamente toda la semana con eventos como el Big Martes, un día para vencer tus resistencias y terminar de explotar el lado más bailarín que todos llevamos dentro. Se trata de un baile asistido. Algo así como llevar tu profesor particular al examen final y que pueda chivarte las respuestas. Consiste en un baile abierto al público donde los profesores paran la música para ofrecer las oportunas instrucciones cuando son necesarias.

Los miércoles, Big South pone a disposición de los bailarines de Madrid el precioso Teatro del Arte de Lavapiés transformado en una loca pista de baile inspirada en los años 30. Además, una vez al mes organizan un baile social en colaboración con Big Mama. En ocasiones, esta escuela sale de su ámbito geográfica y sacude la ciudad a base de noches de ensueño, como la Batalla de bandas, recientemente celebrada en Clamores. Una divertida reyerta musical resuelta, como en el viejo Nueva Orléans de los años 30, mediante ritmo y bailes desenfrenados. Simplemente, gana quien mejor acogida popular reciba. La democracia musical en estado puro.

El movimento Swing en Arganzuela y en todo Madrid tiene múltiples puntos de unión entre sus integrantes y tanto escuelas como asociaciones están unidas en pos de difundir su baile predilecto. Al contrario que en otras ciudades, el trato y el afán colaborativo de las escuelas es muy productivo y se establece en buena armonía.

Más Swing del 10 al 12 de junio: Madrid Lindy Exchange

Mad for Swing, una plataforma dedicada en exclusiva a la difusión del movimiento y a la organización de eventos de gran calibre en Madrid, está preparando su evento principal, el Madrid Lindy Exchange. Tras el éxito de San Isidro Swing, donde más de 28.000 aficionados al Swing bailaron sin descanso en Matadero Madrid,  la tercera edición del Lindy servirá para demostrar la unión y el poder del movimiento Swing en Madrid. Se celebrará del 10 al 12 de junio en el Matadero y alrededores, donde las escuelas de baile de la ciudad y una representación de bandas internacionales y nacionales harán un bonito mosaico de lo que significa el Swing para los madrileños, en forma de actividades culturales, música y sobre todo mucho baile.

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El Swing tiene nueva casa. Se muda a Arganzuela para recuperar el tiempo perdido tras décadas de olvido. En el barrio, el Swing ha sido recibido por todos con gran expectación, como a ese vecino que nunca se fue. Es comprensible. Este baile lleva un duende dentro que te impide alejarte por mucho tiempo de una pista de baile. Es estiloso, supone un pequeño reto superable y su música no puede ser más rítmica ni tener más capacidad de hacer mover los pies a quien le preste atención. Parece diseñado para una zona como Arganzuela, cada vez más viva y activa, donde la modernidad comparte portal con la tradición más castiza en una relación simbiótica. Un barrio en constante transformación que ahora se ha pasado al Swing. Lo insospechado parece cotidiano en este lugar de Madrid.