La reivindicación social del artista a través de Frederick

La intención al elaborar anteriores reseñas era intentar acercar algunos álbumes actuales que considero sobresalientes por su mensaje, formato o ilustración. Durante las breves vacaciones de Semana Santa he estado pensando en los títulos que me llevaron a interesarme por los álbumes ilustrados, y me he dado cuenta de que no tiene sentido seguir hablando de grandes obras sin reseñar antes la que llamó mi atención por encima de todas. No fue el texto ni fue la imagen: fue por el pequeño Frederick, el ratón-poeta, un personaje que ha pasado a la historia del libro-álbum por reivindicar de manera sorprendentemente sencilla el valor de los artistas y de su labor.

En Frederick (1963) una familia de ratones reúne provisiones para sobrellevar el frío invierno. Mientras que trabajan recopilando víveres, el pequeño ratoncito no arrima el hombro por estar ocupándose de otros asuntos, aparentemente banales ante los ojos de unos ratoncitos trabajadores que se aprovisionan sin descanso y que, por qué no decirlo, le miran con desdén achacando su comportamiento a la vaguería. Con la llegada del invierno, los alimentos recogidos desaparecen rápidamente y los ánimos decaen, momento en el que el poeta rememora los colores, los olores y la sensación de los rayos de sol antes vividos para recordar a sus amigos lo que les espera cuando el frío invierno acabe y en el que sus compañeros entienden la importancia del trabajo llevado a cabo por Frederick cuando ellos recolectaban.

La historia tiene bastante parecido con la conocida La cigarra y la hormiga, aunque con la llegada del invierno cambiará por completo respecto a la fábula universal. No será un ratón-cigarra que ha decidido perder el tiempo, sino que juega un papel igual de valioso que el desempeñado por los otros ratones: en esta historia, recolector y poeta tienen la misma importancia ante la llegada de condiciones adversas. El descubrimiento de la individualidad dentro de una colectividad, la importancia del arte como medio de disfrute de la vida y de superación de situaciones difíciles, así como el papel del artista dentro de la sociedad se entretejen en este aparentemente sencillo álbum, consagrándolo como una de las joyas del libro-álbum y sentando las bases del género que enamora a pequeños y mayores.

Las ilustraciones a modo de collage, sello de identidad del autor, Leo Lionni (1910-1999), junto con la sencillez de la historia y de los elementos que en ella encontramos hacen de esta una de las mejores obras del autor, conocido también por otros títulos como Nadarín (1963) o Pequeño azul, pequeño amarillo (1959), ambas creadas hace más de cincuenta años y que hacen de él un metafórico padre del género por lo novedoso del formato en la época. Todas sus obras tienen como eje común la composición de sencillas e importantes fábulas que reafirman a los niños sobre la importancia de buscar su propia individualidad dentro de la sociedad.

Un niño grande hasta su vejez y que, a pesar de su formación como economista, no dudó en iniciar una carrera de diseño y trabajar creando obras para público de todas las edades durante 34 años de su vida, y que finalizó en 1984 con la publicación de Una piedra extraordinaria (1994), año en el que recibió la Medalla de Oro del Instituto Americano de Artes Gráficas. En España ha sido publicado mayoritariamente por Kalandraka, editorial que se caracteriza por la búsqueda de la calidad de las obras que publica en diversos idiomas, como el español, el gallego o el inglés.

Os invito a pasear por la web que Random House ha creado en su honor, llena de actividades, vídeos y curiosidades tanto en inglés como en español, así como a explorar todas y cada una de sus obras, ya que estamos sin duda alguna ante el hombre que dotó de valor este formato y que reivindicó la importancia de no perder la mirada con la que vemos el mundo cuando somos niños.

Edad recomendada: a partir de los 3 años.