Víctimas y verdugos aquí y ahora

Crítica de 'Nada que perder', de la Compañía Cuarta Pared. Dramaturgia: Javier Yagüe, QY Bazo y Juanma Romero

Núria Ribas, periodista, responsable de 'Escena' en La Línea Amarilla

Gestar un texto dramático durante un año y medio no es garantía de éxito pero a la fuerza se tiene más posibilidades de crear algo que sacuda al espectador. Lejos de los montajes a mata degüello sobre textos ya escritos y por tanto cerrados (a pesar de reinterpretaciones), la compañía Cuarta Pared sigue su línea de escoger un tema que les perturba y exprimirlo, voltearlo, sacarlo de paseo, devolverlo a la introspección y vomitarlo de nuevo. Y ha vuelto a funcionar.

Nada que perder, la última producción propia de la Sala Cuarta Pared, con dramaturgia de Javier Yagüe, QY Bazo y Juanma Romero, aborda la corrupción (política y personal) desde la óptica de distintos personajes interpretados todos ellos por Marina Herranz, Javier Pérez-Acebrón y Pedro Ángel Roca de forma casi impecable.

La función arranca con fuerza pero peligrosamente desequilibrada entre los tres intérpretes. Tranquilos. Como dijo Flotats en una ocasión, a cualquier texto debemos darle sus diez minutos de gracia. A Nada que perder no le hace falta ni cinco. La obra remonta hasta llegar a casi la excelencia en cuanto el ritmo, la dramaturgia y la interpretación. Son casi dos horas de puro texto, vomitado o acariciado, sin concesiones, en un texto que va desentrañando el misterio de un asesinato con una escenografía y una iluminación efectistas firmadas por Silvia de Marta y Alfonso Ramos respectivamente.

Puro artificio para hablar de lo esencial: las víctimas y los verdugos en un sistema corrupto. El nuestro.

Subir a escena un texto sobre la corrupción aquí y ahora podría parecer una obviedad casi insultante. ¿Puede la ficción superar a la realidad que sobre esta cuestión leemos cada día en la prensa? ¿Cómo no caer en una sucesión de lugares comunes y estereotipos? Nada que perder consigue evitarlo prácticamente durante las dos horas de función situando claramente el foco de la historia en los perdedores que genera un sistema basado en la corrupción y en los ganadores que provocan y perpetúan este sistema. O sea, nosotros. Seremos unos y otros en función de si miramos hacia otro lado o nos empecinamos en saber y contar lo que está pasando a nuestro alrededor.

A veces, incluso los ganadores pueden llegar a perder. Pero por el camino han dejado una ristra de víctimas colaterales que son las que sufren el paro, los desahucios, los trabajos precarios… Dramas personales que no son accidentes sino causalidades fruto de un sistema corrupto.

A través de ocho escenas-cuadros interrogatorios (traspasados por la filosofía, ese saber que nos han arrebatado de nuestra formación, también cada vez más precaria) se va conociendo la trama de esta serie negra, mientras desfilan ante nuestros ojos los recortes en educación, en sanidad, la connivencia de distintos poderes fácticos…

Como en muchas de las producciones propias o ajenas de la Cuarta Pared, la obra interpela al espectador: ¿somos de los que queremos saber o de los que miramos hacia otro lado para evitarnos problemas o incluso beneficiarnos de pasada? Éticamente (la voz de la conciencia está presente en cada una de las ocho escenas) la opción está clara. Pero Nada que perder también se encarga de recordarnos (sin concesiones al optimismo) que hacerse preguntas tiene un alto precio.

Teatro político en estado puro. O, como prefieren definirlo sus autores, teatro social.

 

* Nada que perder está en cartel hasta el 19 de diciembre, de jueves a domingo, en la Sala Cuarta Pared