Goytisolo. La vocación apátrida de un escritor incómodo

Cineteca programa un único pase del documental 'Juan Goytisolo: medineando' el próximo lunes 22 de junio

Goytisolo (Barcelona, 1931), útlimo Premio Cervantes

Hace un tiempo era habitual encontrar a Juan Goytisolo (Barcelona, 1931) en el Café de France a la hora en la que el sol se pone sobre la Kutubía, observando desde la atalaya de la terraza la hipnótica transformación diaria de ese ser vivo que es la plaza Jemma El Fnaa. Algunas veces solitario -ermitaño al fin-, otras enfrascado en una conversación alrededor de un café oscuro. Puede que el escritor haya mudado sus hábitos impelido por el efecto disuasorio de las hordas de turistas que ya ocupan el mítico café a cualquier hora, pero hay una costumbre que mantiene intacta, la de pasear sin rumbo fijo por las intrincadas callejuelas de la medina de Marrakech.

Tanto, que hasta le ha dado nombre a su afición: medinear. Y a su vez, como en una imagen fractal, el neologismo goytisoliano da título al documental sobre su figura que se estrena el día 22 de junio en la Cineteca (en Matadero Madrid), Juan Goytisolo: Medineando, dirigido por Manuel Arranz y Elisabeth Anglaril, un viaje al sur permanente que dibuja la biografía sentimental e intelectual del último Premio Cervantes.

No es medinear el único verbo que ha acuñado Goytislolo, con esa querencia suya a bautizar las acciones que le producen gozo. Cuando vuelve a Barcelona, su ciudad natal, reserva siempre unas horas para ramblear desde Canaletes hasta el mar, y su dedicación intelectual le debe mucho a su gusto por cervantear, o adentrarse en las profundidades del autor de El Quijote. Aunque ahora que ha recibido el máximo premio nacional de las letras bien pudiera decirse que Cervantes, cansado de que los burócratas le remuevan los huesos, anda goytisoleando.

Pero, ¿caben Goytisolo y el adjetivo nacional en la misma frase sin trocarse en oxímoron? El tiempo, ese ladrón silencioso, ha hecho posible lo que hace unos años parecía impensable. Cuando se anunció que le habían concedido el Premio Cervantes hubo apuestas sobre la posibilidad de que lo rechazara de plano. Y había motivos para pensarlo. En el año 2001, a raíz de la concesión del galardón a Francisco Umbral, afirmó que la decisión del jurado probaba de modo concluyente “la putrefacción de la vida literaria española, el triunfo del amiguismo pringoso y tribal, la existencia de fratrías, compinches y alhóndigas, la apoteosis grotesca del esperpento”. Para desmentir a quienes atribuyeron la airada crítica al hecho de que no lo hubiera ganado él, Goytisolo renegó públicamente del galardón literario. “Estoy dispuesto a firmarlo ante notario: no pienso aceptar el Premio Cervantes nunca”, dijo entonces, “no soy ningún bien nacional ni estoy dispuesto a admitir ningún premio nacional”.

Pero el derecho a cambiar de opinión es libérrimo. Y la capacidad de contradecirse a sí mismo, un atributo intelectual. Nadie ha caído en el reproche fácil a Goytisolo por aceptar el premio, salvo acaso el propio premiado, que al hacerlo se planteó dudas sobre su acreditado rol de autor incómodo para la ortodoxia. “Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor”, aseguró en su discurso de aceptación, para el que se puso la única corbata que guarda en su armario hace treinta años. “Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración”, añadió.

Divierte imaginar qué improperios pronunciaría en silencio cuando tras la ceremonia de entrega hubo de soportar sin inmutarse junto a testas coronadas una actuación de la tuna universitaria de Alcalá de Henares, él, que ha confesado que siente impulsos suicidas cada vez que oye Clavelitos

Porque detrás de los ecos del premio perdura el espíritu heterodoxo de un autor empeñado en demoler la tradición costumbrista española y refutar convencionalismos acomodaticios, que huye de la opresiva idea de patria y abomina de cualquier tipo de nacionalismo; aquel que desde el exilio físico e intelectual aprendió a “reconsiderar lo propio y asimilar lo ajeno hasta llegar a la conclusión de que es preferible errar por propia cuenta que tener razón por consigna”. El mismo que una vez guardados los laureles junto a la corbata, sigue disfrutando del placer de medinear y de escribir en la calma de su casa de Marrakech, eso sí, siempre a mano, porque ya lo dijo, la escritura, como el onanismo, está ligada a la mano.