Una proposición indecente: la paradoja del artista plástico

Leticia Palomo, antropóloga y jurista

Fragmento de obra escultórica de Juan Antonio Palomo / foto: Juan Moral Luengo

Había llegado a ese grado de emoción en el que se tropiezan las sensaciones celestes […] me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme, Stendhal.

Seguramente muchos de ustedes puedan enumerar el panteón de directores asiáticos y sus correspondientes obras maestras. Estoy más que segura que una gran mayoría de lectores son seguidores de grupos de música desconocidos para la mayoría de los mortales. Me jugaría mi merienda a que más de uno se las ingenia para conseguir aquel cómic que aún no llegó a España. Y dios seque mi pluma si la gran mayoría de ustedes no han leído literatura en estos días.

Ahora bien. Mándeme una carta por vía postal aquel que ha comprado una obra de arte en los últimos años. Más aún, páreme por la calle aquel que entró en una galería de arte en la última semana. Me gustará estrechar su mano y decirle “sí, se puede”.

Para poder hacerle esa proposición indecente que promete el título de este artículo necesito solventar previamente una duda que me asalta desde hace años: ¿qué extraña barrera separa a las artes plásticas, especialmente a las contemporáneas, del público?

A más de uno, y quizá de dos, le ofenda estas afirmaciones y califiquen como pretencioso este artículo de opinión. Por ello, y para aligerarlo de consideraciones personales, lo cargaré con algunos datos totalmente objetivos como los de cualquier encuesta que se precie. Según la Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales en España 2010-2011 elaborado por la División de Estadísticas Culturales del Ministerio de Cultura, sólo un 13,6% de la población visitó una galería de arte en ese año y un más honroso 30,6% visitó un museo. Tal encuesta refleja también los hábitos de consumo de productos culturales, pero nada se dice, nadie se pronuncia, acerca de la compra de obras de arte. Cubra un pulcro velo de silencio esta práctica que no merece ser tenida en cuenta por el Ministerio.

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Quizá ahora esos dos disconformes y alguno más, estén dispuestos a seguir leyendo opiniones infundadas y manejar hipótesis acerca de la pregunta originaria: ¿por qué el arte plástico no es tenido en cuenta por la sociedad? ¿Por qué escultores, pintores, etc, son ignorados con total impunidad? Ni la Administración Pública, ni los particulares, ni la sociedad en general, otorgan a los artistas plásticos la posición jerárquica que se merecen.

Evocaba al principio de este artículo las sensaciones plasmadas por Stendhal ante una obra de arte. De ello nació el conocido ‘síndrome de Stendhal’, una enfermedad psicosomática motivada por la percepción de la belleza del arte.

Belleza o concepto, el arte remueve las entrañas si usted se deja atacar por sorpresa. Esta es mi hipótesis principal. La obra de arte no le pide permiso para entrar en su vida. Un libro, una pieza de música, una obra de teatro, haciendo gala de su buena educación, siempre esperarán a que usted les dé vía libre y puedan acceder a sus sentidos.

Aquella escultura no. Aquella pieza de arte le abordará como un ladrón de caminos, cuando menos se los espera y provocará (sin lugar a dudas) alguna sensación en usted, ya sea de admiración o de desprecio. Este es el problema, estimado lector. Dejemos de lado las excusas manidas. Acceder a una galería de arte es totalmente gratuito. Comprar una obra de arte está al alcance de cualquiera que quiera decorar sus paredes con algo más que con láminas de colores. Los artistas no son locos bohemios que viven en las buhardillas de París. Y lo que es aún más esperanzador, para sentir el pálpito vital de una obra de arte, para criticar o admirar esta misma, no hacen falta estudios superiores ni un máster en crítica de arte contemporáneo.

Quizá comience a ver luz al final de túnel y quiera engordar los porcentajes de las raquíticas encuestas que se reflejan más arriba. Sería usted, y aquí viene mi proposición indecente, aquel individuo que se conforma con experimentar el placer de lo no funcional. El que rompa la barrera entre lo bueno y lo malo, lo puro y lo impuro, del sistema (en resumen) de clasificación social en el que la propia Mary Douglas no sabría categorizar a los artistas plásticos y sus creaciones. Sea un ciudadano contestatario, crítico y hedonista. Confíe en esa pieza que le agarrará del cuello y le mirará a los ojos en su próxima visita a una galería o a un museo de arte.