El libro: ¿mercadeo o cultura?

La industria editorial, con un 40% de pérdidas acumuladas desde el inicio de la crisis, lanza un SOS para intentar reflotar el sector

La burbuja editorial, con más de 70.000 títulos al año, no ayuda a reflotar al sector

El 23 de abril es una fiesta, los libros reinan por un día y si un alienígena se diera un garbeo por aquí volvería a su galaxia creyendo que los españoles somos lectores voraces y convencido de que editar es buen negocio. La Feria del libro de Madrid y las ventas navideñas son también puertos refugio que dan algo de aire cada año al sector editorial. Pero cuando la fiesta se acaba y se guardan los farolillos, el horizonte se torna de nuevo gris y proceloso. Lo cierto es que el libro tiene el agua al cuello. Hay demasiadas sombras y pocas luces.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? La confluencia de varios factores ha generado una suerte de ciclo génesis explosiva que descarga a plomo sobre la industria editorial. Para empezar, los hábitos de lectura están estancados en cifras paupérrimas: más de la mitad de los españoles no lee nunca o casi nunca, según los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), y un 35% no abre un libro ni por equivocación. A ese dato desalentador hay que sumar los efectos devastadores de la crisis económica y la consecuente disminución del consumo, que desde su inicio en 2008 ha hecho perder al sector un 40% de los ingresos, aunque durante la última campaña navideña y el primer trimestre de 2015 las ventas han parado su caída y se han estabilizado respecto al año anterior.

Otra clave del descalabro de que sufre la industria editorial está, en opinión de aquellos editores que practican el sano ejercicio de la autocrítica, en concebir el negocio desde un enfoque estrictamente comercial y haber dejado de lado su dimensión cultural. Se publica mucho -más de 70.000 títulos al año que se empujan unos a otros- y se satura el mercado con libros kleenex de usar y tirar.

Llevamos años diciendo que se edita demasiado, la sobreproducción no es en sí misma el mal”, asegura Charo Fierro, de la editorial Huerga y Fierro, un referente cultural en Arganzuela, “el problema es el intrusismo: el cantante de turno, el presentador de televisión, el político que cuenta su vida… El mercado se rinde a este tipo de libros que se benefician de una gran promoción gratuita en los medios y de una enorme distribución, y se condena al ostracismo a los libros de contenido”, añade. No se trata de cuestionar el derecho a publicar de todo aquel que quiera y pueda hacerlo, sino de que, como aclara la editora, “todos estemos en igualdad de condiciones, porque tal como funciona hoy el mercado, salimos perdiendo los demás”.

De momento las editoriales pequeñas tratan de sobrevivir al temporal sin paraguas, y las que subsisten lo hacen a fuerza de ocupar el espacio que a los gigantes del sector no les interesa cubrir por su escasa rentabilidad. Las redes sociales han contribuido a facilitar la promoción de los títulos que no tienen posibilidad de acceder a los canales tradicionales, pero sigue siendo insuficiente. Charo Fierro ve imprescindible que los otros dos eslabones de la cadena, las distribuidoras y las librerías, den un voto de confianza a los títulos que les ofrecen las editoriales más allá de la tiranía del marketing. “Hoy por hoy solo van a lo seguro, a lo que piensan que se va a vender al margen de su calidad y no dan oportunidad a otras cosas”, expone. “Para que un libro nuestro llegue a la mesa de novedades tenemos que pelearlo mucho y a los pocos días lo retiran. Las librerías tendrían que creer más en el producto que ofrecemos, porque sólo podremos salir de esta todos juntos”, añade.

El libro digital, pendiente del IVA y de la piratería

Liz Perales, socia fundadora de la editorial de libros digitales Bolchiro, comparte la necesidad de hacer autocrítica y buscar soluciones desde dentro. “La situación no es buena, pero también hay mucha queja de vicio”, asegura. “El sector necesita replantearse su modelo de mercado y actuar”. También en la parcela del libro electrónico, que a pesar de ser la única que crece en resultados tampoco acaba de despegar al ritmo de otros países, entre otras cosas porque no se beneficia de un IVA reducido -se le aplica el 21% frente al 4% del papel- y porque España tiene el dudoso privilegio de encabezar el ranking de piratería intelectual: el 68% de quienes leen en formato digital descarga los contenidos de forma ilegal.

Capítulo aparte merece la cuestión de la ayuda institucional, que se ha visto rebajada a la mínima expresión en los pocos casos en los que no ha desaparecido por completo. Con este panorama, la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) ha lanzado un SOS, un grito de alarma con propuesta incluida: un plan integral de fomento del libro y de la lectura que apuesta por mejorar las políticas educativas y por dar a la industria un enfoque verdaderamente cultural sin desatender por ello el legítimo interés comercial. No buscan los editores una solución cosmética, sino un verdadero revulsivo para salvar del desastre a la primera industria cultural del país (0,7% del PIB) y piden que todos, sociedad incluida, nos pongamos a ello.

 

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