Huerga y Fierro, libros desde la resistencia

Charo Fierro y Antonio Huerga dirigen esta pequeña y combativa editorial desde 1975

Antonio y Charo, editores independientes de pequeñas y grandes joyas

Pese a los años que lleva abierto, el pequeño local a pie de calle a veces confunde a los transeúntes que pasan por delante. A través de los cristales se ven libros, pero no es una librería. Hay papeles, pero no es una papelería. Tampoco se hacen fotocopias. Es viernes por la tarde y durante la charla con Charo Fierro sucede algo muy acorde con los tiempos. Una chica joven toca al timbre y desde la puerta llega alguna frase suelta. “No, no vendemos al público…”, “ese no lo editamos nosotros”. Charo regresa a su atestada mesa de trabajo con una media sonrisa: “Preguntaba si teníamos ’50 sombras de Grey’”.

Y es que aunque desde fuera pueda parecer cualquier otra cosa, el local que está en el número 1 de la calle Martín Soler (Palos de Moguer) es el centro neurálgico -corazón, cerebro y músculo- de la casa editorial Huerga y Fierro. Poner la palabra ‘casa’ delante de ‘editorial’ no es un antojo: así, como casa -su casa-, la definen y la sienten sus fundadores. Las palabras están para algo.

Y no, en su catálogo no aparecen las dichosas sombras ni ningún otro bestseller de los que adornan las mesas de novedades de las multinacionales del libro. Antonio Huerga y Charo Fierro son editores a escala humana, con una larga trayectoria a sus espaldas (llevan en esto desde 1975) y una reputación ganada a pulso de navegantes solitarios.

Estamos en la resistencia”, señala Charo, “somos una editorial pequeña, independiente. Si algo nos gusta nos lanzamos de cabeza a publicarlo, aunque no sea rentable”. Claro que no le van a hacer ascos a un pelotazo de ventas si es que llega, no se trata de ponerse exquisitos, pero tampoco eligen sus títulos solo con fines comerciales. “No concibo la edición exclusivamente como un negocio de beneficios, trabajamos por amor a lo que hacemos”, asegura, “algunos lo llaman idealismo, pero no sabemos hacerlo de otra manera”. Otros le llamarían pasión.

Pero, ¿cómo sobrevivir editando obras minoritarias cuando a la crisis perpetua del libro se suma un ciclo económico negro? La respuesta es simple: con chaleco salvavidas. Los pesos pesados del catálogo mantienen la nave a flote cuando las aguas se encrespan. Autores como Enrique Vila Matas o Antonio Gamoneda son apuestas seguras que permiten a Huerga y Fierro lanzarse, por ejemplo, a la aventura temeraria de publicar poesía. Esta, la poética, es una de las tres líneas principales que sustentan el catálogo de la editorial. Narrativa y ensayo son las otras dos.

Aunque para poder darse el lujo de elegir están obligados a ser editores multitarea (“no se nos caen los anillos, lo hemos sido siempre”, aclara Charo), y hacer casi todo ellos mismos, desde contactar con los autores hasta llevar una caja a la librería de turno cuando fallan los canales habituales de distribución. Y cómo no, la distribución, esa imprescindible bestia negra de los editores que se lleva el 55% del precio de venta al público de cada ejemplar, se cuela por una rendija de la conversación. Pero eso merece un debate que excede con mucho la intención de estas líneas de hacer un retrato de una editorial que se precia de ser de barrio.

Tampoco hay presupuesto para hacer publicidad, ni un faldón en un periódico ni una cuña en radio. Nada de nada. Charo y Antonio elaboran el dosier de cada una de las obras que publican y lo envían junto a un ejemplar a un elegido grupo de críticos especializados y periodistas culturales para que le den difusión si les parece.

Y también están las presentaciones de los libros, que preparan con esmero y cuidan hasta el mínimo detalle. Acaban de presentar el segundo volumen de la Colección Graphiclassic dedicado a La isla del tesoro, en el que Javier Marías, Mario Vargas Llosa, Rosa Montero, Fernando Savater, Antonio Tabucchi y Luis Alberto de Cuenca, entre otros autores -hasta treinta y cuatro- aportan su visión personal del clásico de Robert Louis Stevenson. Goletas de bandera negra, mapas del tesoro, marineros con pata de palo y loro al hombro, islas perdidas, barriles de ron… ¿Se puede pedir más para alimentar el amor por la literatura?

Panero inédito

En el horizonte más cercano acarician un proyecto que les entusiasma y emociona por igual: publicar los textos inéditos en prosa de Leopoldo María Panero en el año del primer aniversario de su muerte, que se cumple en estos días de marzo. Como editores y amigos de Panero atesoran cientos de recuerdos, anécdotas delirantes de sus visitas a la Feria del Libro de Madrid a la que venía cada primavera -con permiso especial del hospital psiquiátrico de Gran Canaria en el que pasó la última etapa de su vida-, de sus reacciones imprevisibles, de sus conversaciones atrabiliarias trufadas de deslumbrantes destellos de genialidad…

Leopoldo y Charo
Leopoldo María Panero y Charo Fierro en la caseta de la editorial en la Feria del Libro de Madrid

Pero Charo destaca un aspecto de Leopoldo María Panero, tal vez el menos conocido, por encima de todas las cosas que forjaron su leyenda: su infinita capacidad de despertar ternura. Ahora, aquellos textos sueltos que fue mandando a golpe de arrebato a cambio de algún dinero para pagarse los cigarros y las Coca-Colas que consumía compulsivamente, esperan por un título bajo el que tomar forma de libro.

Después vendrán más títulos de otros autores, célebres o desconocidos, y se venderán o no. Pero mientras, Antonio y Charo, Huerga y Fierro, tienen el firme propósito de seguir disfrutando de la tarea casi artesana de publicarlos.

 

 

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